
Amo los días de biblioteca. Esos días en los que en vez de dirigirme inercialmente a la oficina o escribir desde casa me invade el deseo, o la necesidad, de convivir con los muertos, y los voy a visitar. Hoy estuve con Hernández en el siglo XVI y con Faber, su comentarista, en el XVII. Fui a consultar de nuevo qué pensaban sobre los colibríes. Lo he hecho ya muchas veces. Y siempre encuentro novedades: algún comentario en el que no había reparado, la esquina de algún grabado que me indica alguna pista sobre las ilustraciones, alguna referencia a otra fuente que había pasado por alto y que de pronto, después de más lecuras, tiene sentido. Así son los días de biblioteca, nunca son iguales aunque uno vaya a visitar a los mismos muertos.
La emoción, sin embargo, empieza mucho antes de llegar, y es de este preámbulo del que quiero tratar. Para mí, el aire de aventura se comienza a respirar al montarme a la bicicleta. Desde que tomo camino en el centro del pueblo y me meto a Senate House Passage, el sinuoso callejoncito empedrado que lleva a Trinity Lane, comienza a fluir la adrenalina. Y es que si algo hay que hacer camino a la biblioteca es sortear transeúntes con la bici, todo un arte que conlleva sus riesgos. Entre estos está, por ejemplo, que uno nunca sabe si, al usar la campana de la bicicleta para pedir el paso, los caminantes se asustarán y cambiarán de posición o se quedarán estáticos para dejar pasar. A falta del don de la adivinación, es imprescindible estar muy alerta para anticipar los posibles erráticos movimientos peatonales, a fin de no atropellarlos al intentar rebasarlos. Cuando el camino es tan angosto como en Senate House Passage, estas aparentemente insulsas disyuntivas se vuelven harto relevantes.
Supongamos que ya se libró lo más angosto del camino, y llegamos a Trinity Lane. Allí literalmente habrá que avanzar diez metros y dar vuelta a la izquierda en Garrett Hostel Lane, siguiendo el letrero escrito con gis en la pared de la esquina -sí, creánlo- que dice "to the river". Pronto después de dar vuelta, veremos el puente, el hermoso y retador Garrett Hostel Bridge, casi oficalmente la pendiente más pronunciada de Cambridge. Aquí viene otro reto interesante para la bici. Cruzar este puente sin desmontar básicamente separa a los novatos de los veteranos en el ciclismo cantabrigense. En muy poco espacio hay que agarrar vuelo, sortear a los caminantes y hacer cambio de velocidad para lograr llegar a la cresta del puente. Si alguna de las tres cosas sale mal es casi seguro que habrá que desmontar. Digamos que se agarró vuelo, pero a la mera hora, a algún transeúnte de adelante se le cayó el celular y se detuvo a recogerlo o tuvo el espontáneo impulso de pararse a tomar una foto, obligándolo a uno a frenar. Mala cosa, ya no habrá forma de mantener el control de la bici en velocidad baja y, casi con seguridad, para abajo. O digamos que no se atraviesa ningún transeúnte, pero no se agarró suficiente vuelo. Es probable entonces que el impulso que logre la bici en velocidad baja no será suficiente para subir la cresta y, casi con seguridad, para abajo. O digamos que se agarró vuelo y no hay transeúntes, pero no se metió el cambio de velocidad baja a tiempo. En ese caso la pendiente se hará tan pronunciada que ni pedaleando de pie se logrará salvarla y, casi con seguridad, para abajo. El punto, me parece, ha quedado claro.
Pero así como Garret Hostel Bridge es retador, es noble y compensador. Si se logra llegar a la cresta del puente, la vista es alucinante, una de las más hermosas del pueblo: el río Cam en todo su esplendor, adornado por Clare Bridge a la izquierta y Trinity Bridge a la derecha. Unos segundos en la cresta son de rigor. Ahí, casi irremediablemente, uno siente que se detiene el tiempo. Entre el verde de los campos en las laderas del río, la ligerísima niebla cuando hace frío o la brillantez del agua cuando hay sol, la cresta de Garret Hostel Bridge es mágica. Y luego viene otro premio, la bajada. ¡Guooojuuú! ¡Qué maravilla! Incomparable bajar el puente a toda velocidad sintiendo el viento en la cara y las piernas duras, bien ancladas a la bici. Un pedazo de niñez devuelta de pronto, sin esperarlo, y así, aún con la alegría a flor de piel y aún asimilando la emoción que sólo los puentes pueden regalar, llegamos a la esquina de Queen's Road y esperamos, pacientemente, el semáforo.
Este es uno de los más respetables y civilizados semáforos que conozco. Tiene carriles de ida y vuelta para bicicletas, propiamente señalizados en el piso, y uno especial para peatones. Me encanta el orden de ese cruce. Su existencia me ayudó a tener confianza al cruzar las calles en dos ruedas cuando recién llegué, así que le sigo agradecida. Al ponerse en amarillo -recordemos que en este país se avisa cuando viene el rojo y también cuando viene el verde- el grupo de ciclistas preparamos el pedal, nos montamos al asiento, y tan pronto prende el vierde, nos lanzamos, casi todos pedaleando de pie, porque lo que sigue, el último pedazo, también tiene su pendiente y, viniendo de cero, vaya que se hace sentir.
Nos recibe pues Burrell's Walk, anunciando, en toda su belleza, que ya estamos cerca. Burrell's Walk es una vereda encantadora, cercada por un par de bardas completamente cubiertas de enredaderas. Es la vereda verde. Burrell's tiene un poder indescriptible. No recuerdo una sola vez en que haya pasado por aquí sin pensar cómo la voy a extrañar cuando ya no la pueda caminar -o bicicletear- tan seguido. Quizá parte del poder de Burrell's es que permite empezar a asimilar la emoción de todo el recorrido hasta ese momento, pero a la vez siembra la expectación de lo que viene. Y es que después de unos instantes, la vereda descubre la hermosa reja de hierro forjado negro que da entrada a la UL, la University Library, el templo a los muertos a quienes vengo a visitar.
La UL es una mole de ladrillo oscuro diseñada en los años treintas por Giles Gilbert Scott, creador también de la estación de electricidad Bankside en Londres -hoy la Tate Modern- y de la clásica cabina roja de teléfonos. Algunos críticos opinan que si algo tenía Scott en sus diseños era consistencia. Sí, señor. Pero eso es irrelevante. El punto es que ya estamos aquí. Encadenamos la bici en el magnífico estacionamiento de grava adjunto a la UL. Nos acercamos a la bellísima puerta principal giratoria que parece anunciar que el tiempo no corre igual adentro que afuera. Y nos perdemos. Hora de saludar a los muertos.