Saturday, 28 March 2009

Narcissi

No cabe duda: uno ve con el cerebro, no con los ojos. Esta mañana, al bajar a desayunar, recordé uno de los ejemplos que más me han aclarado este fenómeno: encontré sobre la mesa de la cocina un vaso con narcisos. Estos narcisos en particular son el regalo que la querida Mónica, nuestra housemate por unos meses, trajo a la casa después de mudarse. Los vi desde lejos y me alegraron de inmediato. Ya de cerca me parecieron sublimes, llenos de promesas de sol y cielo libre de nubes, cargados de olor a primavera. Vamos, me gustaron tanto que los fotografié. Pero sobretodo, me dejaron pensando. Y es que todos estos significados que hoy puedo atribuir de manera casi automática a los narcisos, the daffodils, me eran prácticamente desconocidos hace unos años.

Hace unos años, bastantes, cuando apenas empezaba a conocer a B, me encontré un narciso de tela en su baño, cerca de los cepillos de dientes. La presencia de este objeto me pareció de lo más extraña. B, con su gusto impecable, discreto y lineal, tenía una flor amarilla artificial en el baño. Lo primero que pensé al verla era que se trataba de algo tan prosáico como un desodorante de ambiente, de esos que de pronto se ponen en los coches. Pero no, imposible, ¿el sofisticado B con un desodorante que claramente rayaba en lo kitsch? Tenía que haber otra explicación. Tomé la flor, la inspeccioné a detalle y encontré en su base un letrerito azul en el que sólo pude identificar algo como una "M" y una "C" entre otras letras bastante borradas por la humedad. Algún mensaje había allí que yo me estaba perdiendo y que encerraba la respuesta al enigma de la flor de tela.

En el tono aparentemente inocente pero claramente inquisitivo que me cargo con frecuencia solté un: "¿y...la flor del baño, qué onda?, ¿hay alguna historia detrás?" A lo que B, con su serena claridad respondió: "sí, tiene mucho tiempo, la tengo desde Inglaterra". Ajá. Información más allá de lo evidente. Fiu. Pero hasta allí llegó su respuesta. Y aunque yo también había pasado largas temporadas en la isla para mi maestría, en ese tiempo no me topé con las flores de tela amarillas y, si lo hice, nunca supe su significado. Así que, con algo de pena por admitir que para mí la clave "Albión" no era suficiente, pregunté: "¿y qué significa?". B, sonriente y sorprendido, como siempre que podía enseñarme algo, dijo: "ah, pues, la lucha contra el cáncer". Mmmm, ok, jamás lo hubiera imaginado. El presunto desodorante de ambiente era todo un statement por una causa. Ya con esta pieza de información, pude discernir lo que decían el resto de las borrosas letras del letrerito azul: "Marie Curie Cancer Care", el nombre de una de las más grandes ONGs del Reino Unido, dedicada a la investigación y el cuidado de los enfermos de cáncer.

En esta segunda ronda de mi vida en Albión, he empezado a comprender porqué la Fundación Marie Curie eligió en 1948 al narciso como símbolo de su lucha. Después de meses de árboles desnudos y cielos sin principio ni fin, de semanas y semanas de gris, de pronto, a mediados de febrero, principios de marzo, se asoman las primeras promesas de sol: las pequeñas flores amarillas que anuncian la primavera. Asumiendo la cursilería implícita en este caso, admito que para mí llegar al parque esta semana y ver, finalmente, a los narcisos en flor, me llenó de alegría, me hizo incluso pensar que el interminable invierno vale la pena sólo para sentir el gozo de la llegada de los narcisos y las promesas que traen consigo. Esta, sin duda, es una reacción aprendida después de varios años, de varios inviernos, y que es imposible aprender a la distancia, en el soleado México que casi no conoce estaciones. Toda la carga conferida a las flores amarillas vive en la cabeza y rebasa, con creces, lo que el ojo, mero lente, puede percibir .

Friday, 27 March 2009

Días de biblioteca


Amo los días de biblioteca. Esos días en los que en vez de dirigirme inercialmente a la oficina o escribir desde casa me invade el deseo, o la necesidad, de convivir con los muertos, y los voy a visitar. Hoy estuve con Hernández en el siglo XVI y con Faber, su comentarista, en el XVII. Fui a consultar de nuevo qué pensaban sobre los colibríes. Lo he hecho ya muchas veces. Y siempre encuentro novedades: algún comentario en el que no había reparado, la esquina de algún grabado que me indica alguna pista sobre las ilustraciones, alguna referencia a otra fuente que había pasado por alto y que de pronto, después de más lecuras, tiene sentido. Así son los días de biblioteca, nunca son iguales aunque uno vaya a visitar a los mismos muertos.

La emoción, sin embargo, empieza mucho antes de llegar, y es de este preámbulo del que quiero tratar. Para mí, el aire de aventura se comienza a respirar al montarme a la bicicleta. Desde que tomo camino en el centro del pueblo y me meto a Senate House Passage, el sinuoso callejoncito empedrado que lleva a Trinity Lane, comienza a fluir la adrenalina. Y es que si algo hay que hacer camino a la biblioteca es sortear transeúntes con la bici, todo un arte que conlleva sus riesgos. Entre estos está, por ejemplo, que uno nunca sabe si, al usar la campana de la bicicleta para pedir el paso, los caminantes se asustarán y cambiarán de posición o se quedarán estáticos para dejar pasar. A falta del don de la adivinación, es imprescindible estar muy alerta para anticipar los posibles erráticos movimientos peatonales, a fin de no atropellarlos al intentar rebasarlos. Cuando el camino es tan angosto como en Senate House Passage, estas aparentemente insulsas disyuntivas se vuelven harto relevantes.

Supongamos que ya se libró lo más angosto del camino, y llegamos a Trinity Lane. Allí literalmente habrá que avanzar diez metros y dar vuelta a la izquierda en Garrett Hostel Lane, siguiendo el letrero escrito con gis en la pared de la esquina -sí, creánlo- que dice "to the river". Pronto después de dar vuelta, veremos el puente, el hermoso y retador Garrett Hostel Bridge, casi oficalmente la pendiente más pronunciada de Cambridge. Aquí viene otro reto interesante para la bici. Cruzar este puente sin desmontar básicamente separa a los novatos de los veteranos en el ciclismo cantabrigense. En muy poco espacio hay que agarrar vuelo, sortear a los caminantes y hacer cambio de velocidad para lograr llegar a la cresta del puente. Si alguna de las tres cosas sale mal es casi seguro que habrá que desmontar. Digamos que se agarró vuelo, pero a la mera hora, a algún transeúnte de adelante se le cayó el celular y se detuvo a recogerlo o tuvo el espontáneo impulso de pararse a tomar una foto, obligándolo a uno a frenar. Mala cosa, ya no habrá forma de mantener el control de la bici en velocidad baja y, casi con seguridad, para abajo. O digamos que no se atraviesa ningún transeúnte, pero no se agarró suficiente vuelo. Es probable entonces que el impulso que logre la bici en velocidad baja no será suficiente para subir la cresta y, casi con seguridad, para abajo. O digamos que se agarró vuelo y no hay transeúntes, pero no se metió el cambio de velocidad baja a tiempo. En ese caso la pendiente se hará tan pronunciada que ni pedaleando de pie se logrará salvarla y, casi con seguridad, para abajo. El punto, me parece, ha quedado claro.

Pero así como Garret Hostel Bridge es retador, es noble y compensador. Si se logra llegar a la cresta del puente, la vista es alucinante, una de las más hermosas del pueblo: el río Cam en todo su esplendor, adornado por Clare Bridge a la izquierta y Trinity Bridge a la derecha. Unos segundos en la cresta son de rigor. Ahí, casi irremediablemente, uno siente que se detiene el tiempo. Entre el verde de los campos en las laderas del río, la ligerísima niebla cuando hace frío o la brillantez del agua cuando hay sol, la cresta de Garret Hostel Bridge es mágica. Y luego viene otro premio, la bajada. ¡Guooojuuú! ¡Qué maravilla! Incomparable bajar el puente a toda velocidad sintiendo el viento en la cara y las piernas duras, bien ancladas a la bici. Un pedazo de niñez devuelta de pronto, sin esperarlo, y así, aún con la alegría a flor de piel y aún asimilando la emoción que sólo los puentes pueden regalar, llegamos a la esquina de Queen's Road y esperamos, pacientemente, el semáforo.

Este es uno de los más respetables y civilizados semáforos que conozco. Tiene carriles de ida y vuelta para bicicletas, propiamente señalizados en el piso, y uno especial para peatones. Me encanta el orden de ese cruce. Su existencia me ayudó a tener confianza al cruzar las calles en dos ruedas cuando recién llegué, así que le sigo agradecida. Al ponerse en amarillo -recordemos que en este país se avisa cuando viene el rojo y también cuando viene el verde- el grupo de ciclistas preparamos el pedal, nos montamos al asiento, y tan pronto prende el vierde, nos lanzamos, casi todos pedaleando de pie, porque lo que sigue, el último pedazo, también tiene su pendiente y, viniendo de cero, vaya que se hace sentir.

Nos recibe pues Burrell's Walk, anunciando, en toda su belleza, que ya estamos cerca. Burrell's Walk es una vereda encantadora, cercada por un par de bardas completamente cubiertas de enredaderas. Es la vereda verde. Burrell's tiene un poder indescriptible. No recuerdo una sola vez en que haya pasado por aquí sin pensar cómo la voy a extrañar cuando ya no la pueda caminar -o bicicletear- tan seguido. Quizá parte del poder de Burrell's es que permite empezar a asimilar la emoción de todo el recorrido hasta ese momento, pero a la vez siembra la expectación de lo que viene. Y es que después de unos instantes, la vereda descubre la hermosa reja de hierro forjado negro que da entrada a la UL, la University Library, el templo a los muertos a quienes vengo a visitar.

La UL es una mole de ladrillo oscuro diseñada en los años treintas por Giles Gilbert Scott, creador también de la estación de electricidad Bankside en Londres -hoy la Tate Modern- y de la clásica cabina roja de teléfonos. Algunos críticos opinan que si algo tenía Scott en sus diseños era consistencia. Sí, señor. Pero eso es irrelevante. El punto es que ya estamos aquí. Encadenamos la bici en el magnífico estacionamiento de grava adjunto a la UL. Nos acercamos a la bellísima puerta principal giratoria que parece anunciar que el tiempo no corre igual adentro que afuera. Y nos perdemos. Hora de saludar a los muertos.

Thursday, 26 March 2009

Nueve

Es raro todo a lo que nos podemos acostumbrar. A levantarnos todos los días a la misma hora. A no poder darnos un regaderazo enteramente de pie porque el techo del baño es demasiado bajo. A desayunar avena. A vivir con lo que cabe en una maleta. A las canas. Y también a dormir en el centro de la cama. A comprar boletos para uno en el cine. Al teléfono, previamente aborrecido. A grandes cantidades de silencio. A pasar semanas, meses, acumulando historias que contar para cuando haya tiempo. En resumen, a estar, de lejos. Todo empieza a parecer normal después de un rato. Y ya casi no se sufre. Hasta que de pronto, algo nos recuerda que hay más. Que se puede más. Que hay toda otra dimensión de vida que adoramos y que hace falta. Hoy La maison en petits cubes hizo esto para mí. Me recordó. Ya quiero que llegue el 9.


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