I. De niña me gustaba salir al jardín a curiosear. Aún sin miedo al inclemente sol regiomontano, ese sol con sueño que sigue a los niños, como lo describió Alfonso Reyes, me gustaba entretenerme descubriendo los tesoros de las jardineras de mi mamá. Pasaba largo rato haciendo enroscarse a las cochinillas, casi siempre con un palito, porque recuerdo bien que no me encantaba llenarme las manos de tierra. Pero lo que más me emocionaba era tocar las hojas de unas plantitas “mágicas”, que al contacto con mis dedos, ahí sí, se cerraban como por encanto, lentamente, hoja por hoja. Podía pasar horas buscando plantitas mágicas, escondidas entre matas más grandes –rosales, geranios, petunias, julietas– hasta tocarlas, y cerrarlas, todas. Impaciente, aguardaba el momento en que las primeras que había tocado se abrieran de nuevo, siempre sin éxito. Las plantitas de algún modo sabían que yo seguía por allí, y parecían intuir mis intenciones. Tenía que asumir la derrota, meterme a la casa y esperar largas horas, que usualmente conducían a que se me olvidara el motivo de la espera, antes de volver al jardín, y experimentar la magia de las tímidas plantas que, como las cochinillas, se cerraban al tacto, bajo el regio sol escudero.
II. Supe hace poco que de niño mi papá tenía una compañerita de juegos entrañable. Ella y su hermana eran hijas de unos vecinos de mis abuelos, el meteorólogo Miguel Ángel Vidal y su esposa Clarita, un mujerón güero de Salinas Victoria. Los Vidal se hicieron amigos de la familia y se visitaban con frecuencia. Cada vez que se organizaba alguna comida con ellos, mi papá y su amiguita pasaban el largo rato que duraban las conversaciones de los adultos jugando a la matatena, si escogía ella, o a la pelota, si escogía él. Esa niña se llamaba Claudia Mimosa.
III. Cuando nací mis papás me vieron cara de "Iris". El nombre se eligió rápidamente, inspirado por la admiración de mi mamá hacia Iris Guajardo, una profesora suya de la Facultad de Química de la UANL. Mi segundo nombre, sin embargo, no fue tan fácil de elegir. Mi mamá quería que fuera "María", que le parecía bellísimo, además de deseable por sus connotaciones religiosas y porque era una forma discreta de vincularnos nominalmente –ella es María de Lourdes–, sin ser tocayas. Mi papá, por su parte, quería que fuera... "Mimosa". Y entonces se armó un breve zafarrancho. A mí papá "Mimosa" le sonaba tiernísimo, el nombre de una flor, algo apropiado para una bebé tan cariñosa como yo le parecía de recién nacida. A mi mamá "Mimosa" le recordaba o al ratón de Burbujas, o la mezcla de champaña y jugo de naranja. Me es incierto cómo se impuso la visión materna.
IV. Cuando intenté recordar cómo se llamaban las plantas mágicas que me gustaba tocar de niña me fue imposible. Creo que nunca lo supe. Le pregunté a mi mamá, ferviente aficionada a la jardinería, y tampoco tuvo respuesta. Mis búsquedas en Internet comenzaron con "planta que se cierra al contacto", e inmediatamente empezó a fluir la información: planta sensitiva, vergonzosa o dormilona; nombre científico: mimosa pudica. No daba crédito. El nombre de mi planta favorita pudo ser... mío. Pero más allá de elucubrar sobre si mi atracción por la mimosa pudica respondía a alguna inconsciente identificación, he gozado la coincidencia. La celebro recreando la "magia" de este mecanismo de defensa que hace de la mimosa una belleza efímera, como otras muchas púdicas del mundo.


