Tuesday, 16 December 2008

Mimosa pudica



I. De niña me gustaba salir al jardín a curiosear. Aún sin miedo al inclemente sol regiomontano, ese sol con sueño que sigue a los niños, como lo describió Alfonso Reyes, me gustaba entretenerme descubriendo los tesoros de las jardineras de mi mamá. Pasaba largo rato haciendo enroscarse a las cochinillas, casi siempre con un palito, porque recuerdo bien que no me encantaba llenarme las manos de tierra. Pero lo que más me emocionaba era tocar las hojas de unas plantitas “mágicas”, que al contacto con mis dedos, ahí sí, se cerraban como por encanto, lentamente, hoja por hoja. Podía pasar horas buscando plantitas mágicas, escondidas entre matas más grandes –rosales, geranios, petunias, julietas– hasta tocarlas, y cerrarlas, todas. Impaciente, aguardaba el momento en que las primeras que había tocado se abrieran de nuevo, siempre sin éxito. Las plantitas de algún modo sabían que yo seguía por allí, y parecían intuir mis intenciones. Tenía que asumir la derrota, meterme a la casa y esperar largas horas, que usualmente conducían a que se me olvidara el motivo de la espera, antes de volver al jardín, y experimentar la magia de las tímidas plantas que, como las cochinillas, se cerraban al tacto, bajo el regio sol escudero.

II. Supe hace poco que de niño mi papá tenía una compañerita de juegos entrañable. Ella y su hermana eran hijas de unos vecinos de mis abuelos, el meteorólogo Miguel Ángel Vidal y su esposa Clarita, un mujerón güero de Salinas Victoria. Los Vidal se hicieron amigos de la familia y se visitaban con frecuencia. Cada vez que se organizaba alguna comida con ellos, mi papá y su amiguita pasaban el largo rato que duraban las conversaciones de los adultos jugando a la matatena, si escogía ella, o a la pelota, si escogía él. Esa niña se llamaba Claudia Mimosa.

III. Cuando nací mis papás me vieron cara de "Iris". El nombre se eligió rápidamente, inspirado por la admiración de mi mamá hacia Iris Guajardo, una profesora suya de la Facultad de Química de la UANL. Mi segundo nombre, sin embargo, no fue tan fácil de elegir. Mi mamá quería que fuera "María", que le parecía bellísimo, además de deseable por sus connotaciones religiosas y porque era una forma discreta de vincularnos nominalmente –ella es María de Lourdes–, sin ser tocayas. Mi papá, por su parte, quería que fuera... "Mimosa". Y entonces se armó un breve zafarrancho. A mí papá "Mimosa" le sonaba tiernísimo, el nombre de una flor, algo apropiado para una bebé tan cariñosa como yo le parecía de recién nacida. A mi mamá "Mimosa" le recordaba o al ratón de Burbujas, o la mezcla de champaña y jugo de naranja. Me es incierto cómo se impuso la visión materna.

IV. Cuando intenté recordar cómo se llamaban las plantas mágicas que me gustaba tocar de niña me fue imposible. Creo que nunca lo supe. Le pregunté a mi mamá, ferviente aficionada a la jardinería, y tampoco tuvo respuesta. Mis búsquedas en Internet comenzaron con "planta que se cierra al contacto", e inmediatamente empezó a fluir la información: planta sensitiva, vergonzosa o dormilona; nombre científico: mimosa pudica. No daba crédito. El nombre de mi planta favorita pudo ser... mío. Pero más allá de elucubrar sobre si mi atracción por la mimosa pudica respondía a alguna inconsciente identificación, he gozado la coincidencia. La celebro recreando la "magia" de este mecanismo de defensa que hace de la mimosa una belleza efímera, como otras muchas púdicas del mundo.

Friday, 12 December 2008

Gabinete paolino

Este es el pequeño gabinete de naturalia plástica de Paola, mi sobrina de cinco años. Sobre su cama con colcha de Ariel, la sirenita, Pao ordena, por colores, su colección de mariposas y culebras, regalos de los que nos hemos ido enterando de su afición por los insectos y otros animales. En su gabinete Pao recrea en interiores la curiosidad que le inspiran los insectos vivos. Todas las tardes, tan pronto llega de la escuela, sale al patio, persigue por un rato a sus diminutos perros chihuahueños, el ínfimo Bambiro y la hiperactiva Tracy –a quien todos llamamos "Crazy"–, y luego se entrega a su tarea favorita: buscar mariposas. De pronto se le aparece a Dani, mi cuñada, con una mariposa pescada de las alas, valioso tesoro súbitamente privado de movilidad por el placer de observarlo de cerca. Las mariposas temporalmente rehenes de la niña naturalista casi siempre logran volver a la placidez de su vuelo. Aunque hay que admitir que algunas han llegado a sufrir desalineaciones y asimetrías por el apachurramiento de una pata o el estiramiento excesivo del nacimiento de las alas. Incluso ha habido bajas permanentes. Pao asimila estas pérdidas con serena naturalidad, como asumiendo el sacrificio de los pequeños seres voladores en pro de su curiosidad y disfrute. ¿Cómo aprendió Pao a ejercer esta supremacía sobre lo más pequeño, lo mudo, lo bello? ¿De dónde sale este deseo de observar, manipular, orderar el mundo natural? ¿Nature or nurture, preguntaré finalmente, nacemos con este deseo o lo aprendemos de los ejemplos alrededor?


En mi investigación debo preguntarme constantemente cómo se manifestaba este deseo de observar, clasificar y poseer la naturaleza en el pasado, específicamente entre los siglos XVI al XVIII. Uno de los primeros casos con los que me topé al comenzar el doctorado hace un par de años fue el del apotecario holandés Albertus Seba (1665-1736). Además de ejercer como farmaceútico en Amstedam, Seba era un exitoso coleccionista de naturalia. En su gabinete se podían encontrar las más extrañas curiosidades: pájaros exóticos, conchas de lejanos orígenes, corales, moluscos, serpientes, insectos, fetos, nidos, engendros. Seba llegó a tener una de las colecciones más completas y famosas de Europa. Fue una colección utilizada incluso para nombrar algunas especies con la nomenclatura binomial lineana que aún utilizamos hoy. Consciente del valor de su gabinete, Seba decidió hacerlo dibujar, e imprimir los grabados en una obra monumental, la Locupletissimi rerum naturalium thesauri accurata descriptio, publicada en cuatro volúmenes entre 1734 y 1765. Hace poco B tuvo el espléndido gesto de regalarme la edición facsimilar que Taschen publicó en 2001 con el título de Cabinet of Natural Curiosities. De ella provienen estas láminas, algunas de las cuales, me parece, encuentran ecos en el improvisado gabinete paolino.

La próxima vez que Paola me visite en México le presentaré a Seba. Quizá entre coleccionistas y clasificadores se etiendan bien.

Thursday, 11 December 2008

Seminare

"Quiero ver, quiero entrar" canta Charly García en una sala en Coyoacán. Por la ventana las ardillas acarrean pequeños tesoros a sus improvisadas madrigueras en la barda del patio. Las volutas de vapor se contorsionan al salir de las tazas de café. Amanece en México. Y yo acabo de llegar, otra vez, en una entrega más de este peregrinar trasatlántico en el que vivo desde hace un par de años. Estoy contenta pero desvelada. Volar cada vez me desorienta más. Los olores de las julianas de jamón que B fríe para el desayuno me animan a luchar contra la disritmia circadiana. Lucharé. Hay sol. Y cómo me hace falta sol.

Hasta hace unas horas, mis amaneceres ocurrían en un ático en un pequeño pueblo inglés. Un ático convertido en una habitación de ángulos caprichosos en donde la cama queda justo debajo de un par de ventanas inclinadas. Durante buena parte del año, mi par de ventanas se ocupa de hacerme la vida un poco más retadora, porque ambas son una fuente inagotable de frío. Pero de pronto también tienen sus ventajas. Por la noche puedo ver a Orión desde la calidez de mis edredones, y por la mañana, tan pronto abro los ojos, tengo un anuncio del tono que tendrá el día: habrá lluvia (terca, mediocre, impetuosa, cocorera), brizna, granizo, niebla, viento, o –sólo ocasionalmente, cuando hay mucha suerte– un poco de sol. Qué alegría que hoy Charly se equivoque. Él está "en la calle de la sensación, muy lejos del sol", y a mí, esta mañana, me quema de nuevo.



Saturday, 6 December 2008

In medias res

Una tarde no hace mucho llegué tres minutos después de la hora a la oficina del profesor J. Había pasado dos semanas preparándome para esa reunión, la primera en la que intentaríamos hablar de la estructura de mi tesis. Después de varias noches de insomnio, un par de lecturas alumbradoras y una epifanía, venía decidida a defender una narrativa no convencional: un espiral, o más bien un nudo. Armada de notas que explicaban el tren de mi pensamiento desde nuestra última reunión, presenté con lujo de detalle las razones que sustentaban mi decisión. "La historia natural del XVIII es una entrada más suave al tema que la cosmogonía azteca"; "comenzar por el siglo XV le quedará demasiado lejos a los examinadores"; "esta historia ha sido un viaje y como tal hay que contarla". Pasados veinte minutos, paré. Entonces el profesor J se levantó en silencio, fue hacia la mesa que está junto a su impresora y me extendió un par de hojas: un artículo de Wikipedia sobre el socorrido recurso narrativo "In medias res", "en medio de las cosas". Así, en cuestión de minutos, aprendí que muchos, de Homero a Tarantino pasando por Tasso, Milton y Dante, han comenzado sus historias en medio de las cosas y no por el principio. Con económico pragmatismo, el profesor J me animaba a escribir mi nudo, sin importar por donde empezara. Arrancan también así estas notas.