Thursday, 15 January 2009

El primer domingo


Ahora que estoy adaptándome de nuevo a la pérfida Albión vuelven a mí recuerdos de otras llegadas. En particular de la primera, de ese primer domingo en el pueblo y la irrepetible experiencia de ver todo con ojos nuevos. Aquel 24 de septiembre de 2006, esto es lo que registré:

"Estoy sentada en una banca, en los jardines de Darwin College. Atardece. Me duelen un poco los pies y los hombros, porque he estado caminando todo el día. Pero el cansancio no opaca mi felicidad. Este sitio es una maravilla, es bellísimo. Me parece increíble que aquí me tocará estar los próximos años, que a esto me podré acostumbrar. Cambridge es un pueblo bicicletero, es verdad, pero lleno de carácter. Cada calle, cada puerta, cada escalera, cada puente, tiene carácter. Y no es sólo la edad –la universidad tiene 797 años–, es el estilo. Aquí hay un estilo que combina sobriedad y grandeza, sencillez y tradición, sin crear sensación de antigüedad. Nada se siente obsoleto. Lo viejo convive con lo nuevo y se mezcla espontáneamente de manera armoniosa. Es un misterio, realmente, pero funciona. Hoy desperté en mi nueva cama –una individual, hacía muchos años que no dormía en una individual–, después de una larguísima jornada de viaje. Un vuelo retrasado y dos horas de autobús fueron el preámbulo para llegar a Cambridge, que me recibió con un clima sorprendente. ¡Hacía calor!, y en la ciudad se respiraba todavía aire veraniego. Era noche de sábado y la gente andaba en la calle, entaconada, buscando sitios para cenar, para tomar un trago. Desde el autobús se veía una atmósfera festiva y juvenil, rica. Tomé un taxi para llegar al colegio, donde me dieron llaves, almohadas, duvet y señas para llegar a mi nueva casa. Afortunadamente la encontré pronto, justo a la vuelta: la Gwen Raverat House, que es la residencia más nueva que tiene Darwin. Desempaqué, me comí la última mitad de un sándwich BLT (bacon, lettuce and tomato, ah cómo abundan las siglas por aquí) y caí rendida a las diez de la noche. Así que hoy, el primer domingo, tenía muchas ganas de explorar y pasé el día caminando."


"Comencé mi recorrido con un café y un muffin de limón y semilla de amapola (aunque sin efectos alucinógenos) en el Café Nero de King’s Parade, la calle principal. Anduve por todo el centro, identificando los lugares importantes para mí. Primero quise ubicar los colleges viejos: King’s, Trinity, Saint John’s. En mi caminata por la calle principal –que a la usanza chilanga cambia de nombre a cada cuadra y de acuerdo con lo que hay: primero Trumpington Street, luego King’s Parade, luego Trinity Lane, luego Saint John’s Street–, de pronto me topé con una pequeña escalera hacia abajo y un letrero diminuto que decía 'Footlights'. Recordé que Footlights es el grupo de teatro al que pertenecieron varios de los miembros de Monty Python, y también Emma Thomson, Stephen Fry, Hugh Laurie y otros britactors que disfruto tanto."


"Continué hacia el corazón el pueblo: la plaza del mercado, donde me quedó claro que el origen de Cambridge fue un pueblo comercial, un market town. Ya andando en onda de compras, pasé a Sainsbury's, el super del centro. Allí compré los primeros básicos, incluido un gel de baño reavivante, a base de bergamota, que huele delicioso, y mi primer paquete de té. De regreso en la calle principal, en ese tramo Trinity Lane, pasé por Heffers, la librería tradicional. Ahí me consentí y, como no había querido cargar nada desde México, compré el primer libro de mi vida cantabrigense: 'Period Piece' de Gwen Raverat, nieta de Darwin, y mujer en cuyo honor nombraron la casa en donde vivo. 'Period Piece' es el libro de sus memorias juveniles mientras vivía en este pueblo de académicos, y ha tenido tanto éxito que nunca ha estado descontinuado desde su publicación en 1952. También en Heffers descubrí con gusto una sección que en tono algo imperativo se llama 'Read these (or your brain will shrink): the books every university student must know' y en ella encontré tres libros que han llegado a mí por una u otra razón, casi siempre relacionada con B: 'Emergence' ('Sistemas emergentes', en español) de Steven Johnson; 'On bullshit', de no-recuerdo-qué Frankfurt; y 'Freakonomics' de un par, cuyo nombre tampoco recuerdo. De paso, compré también mis primeras tazas para té en la librería. Éstas tienen detrás una larga leyenda en verso, y en broma, sobre las disciplinas del conocimiento: 'argue in archaeology, buzz in biology, chat over coffee, dream in divinity...'. El punto concluye con que 'whatever the subject we have it at Heffers'. Me mataron, por supuesto, por eso de la onda enciclopédica."


"Y ya que me había metido a temas más serios, busqué mi departamento académico, Historia y Filosofía de la Ciencia, o HPS, como lo llaman todos aquí. Más siglas, nótese. Está bastante cerca de Darwin, y más céntrico imposible, en Free School Lane (me encantó el nombre), la misma calle del antiguo Laboratorio Cavendish, donde en 1897 JJ Thomson descubrió el electrón. Estaba cerrado por ser domingo, pero pude empezar a visualizar el camino que habría de tomar todas las mañanas por los próximos tres años. Al salir de Free School Lane, me topé con The Eagle, el pub en el que, según la leyenda, Watson y Crick visualizaron la estructura del ADN."


"Medio saturada y medio hambrienta, emprendí mi regreso a Darwin por Mill Lane. Pasé por el Board of Graduate Studies, el departamento de Estudios Latinoamericanos y el University Centre, también llamado el Grad Pad (el refugio de los estudiantes de postgrado originalmente), donde está la Gates Common Room, en donde los becarios podremos trabajar mientras nos ubican en nuestros departamentos académicos, si es que logramos no distraernos con la preciosa vista del río que hay desde allí."


"Ya se está haciendo de noche y el jardín va quedando oscuro. Siguen escuchándose el ruido del agua y las risas ocasionales de quienes están haciendo canotaje en el río, aquí mismo, dentro del college. Va siendo hora de caminar los cincuenta pasos que me separan de Gwen Raverat House, de prepararme un té, y de seguir escribiendo mi capítulo para Santillana. Y mañana, a la campiña con la banda Gates. Espero sobrevivir."

Hoy, dos años y un tercio después, algunas cosas han cambiado. Desde hace tres meses camino en vez de andar en bici porque he descubierto que la mejor manera de combatir la depresión del invierno es traer bossa nova en el ipod (y el ipod y la bici no combinan bien). Este año, la universidad cumple ya 800 años y se preparan indecibles celebraciones. Mi cama ya no es individual. Ya no vivo en Gwen, sino más allá del 'reality check point', apodo que se le da a un punto en el parque Parker's Piece, que marca el inicio del Cambridge real, el Cambridge de las familias, los trabajadores, los inmigrantes, no el de los colegios. Ya no voy a Café Nero que a la distancia parece muy de cadena, sino a Bennet's, un lugarcito pequeño y familiar donde hacen café italianesco y me tratan con calidez. Ya no estudio en particular la enciclopedia de Diderot y D'Alambert, sino los flujos de conocimiento sobre historia natural mexicana en todo tipo de textos, imágenes, y objetos, en el caso del colibrí. Hoy sé que Free School Lane se llama así porque allí se estableció, literalmente, una escuela gratuita en en siglo XVII. La leyenda de Watson y Crick hoy me parece irrelevante sin el reconocimiento al trabajo de Rosalind Franklin, cuyos insumos hicieron todo posible. El Board of Graduate Studies ha pasado de ser el benévolo organismo que me admitió, a ser la conmidatoria entidad que recibirá mi aún incipiente tesis. Mi oficina ya no es la sala Gates, sino el edificio Mond, antes parte del laboratorio Cavendish, en el departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia. Y sobre todo ya no tengo los ojos tan nuevos. Cuando leo esto los puedo recordar. Cada vez que regreso al pueblo, algo queda de ellos. Pero no, no se comparan con los de esa primera vez en que todo entró sin filtro, sin sabor a distancia, sin recuerdo del invierno y de la oscuridad. Nada como aquel primer domingo.

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