Monday, 5 October 2009

33

Es curioso. Pareciera que entre más tiempo pasa menos mi amiga es la certeza.

Cuando tenía diez años y me inscribieron en un colegio de monjas no me asustaba el discurso apocalíptico que me rodeaba. La perspectiva milenarista sobre la llegada del año 2000, por ejemplo, me parecía inofensiva. Incluso si se acababa el mundo para entonces yo ya habría vivido mucho. Tendría 23.

A los 23 creía que sabía a dónde iba. Estaba seriamente emparejada, había trabajado ya durante varios años, había dado clases, vivía en Inglaterra por primera vez, me sentía adulta. Si había temas por abordar, como quizá tener hijos, estaba segura de que se 'resolverían' para cuando llegara a los 30.

Para cuando soplé 30 velas la vida había dado varias vueltas. Mis planes de la década anterior se habían reinventado totalmente y mis compañías también. Estaba de nuevo en la isla comenzando el doctorado, una aventura solitaria y autoexploratoria que, sin embargo, en ese entonces parecía sólo un paréntesis de tres años.

Hoy, aterrizando en los 33, estoy aún en medio del viaje doctoral, aún buscando, aún curioseando. Las fronteras entre dentro y fuera, ayer y mañana son cada vez más difusas. Mi inercial impulso de reconciliarme con la certeza no arroja, por lo pronto, resultados favorables. Nuestras diferencias, tal pareciera, comienzan a antojarse irreconciliables.

Aunque si hago memoria descubro que, en algún lugar, la certeza y yo nunca hemos sido realmente buenas amigas. De pronto evoco uno de los sueños recurrentes que tenía a los diez años: me soñaba frente a una gran hoja de dibujo en blanco, con una inmensa paleta de lápices de colores al lado, ordenados por tonos y con puntas perfectamente afiladas. La sensación dominante del sueño era una profunda emoción ante las infinitas posibilidades. Podía escoger hacer lo que fuera. Desbordar el papel de rojo o delinear formas de turquesa. Dibujar una casa, un paisaje, un cielo o garabatear líneas abstractas.

Irónicamente, pareciera que al principio de la madurez las preguntas no son demasiado distintas de las de mi dimensión onírica infantil: ¿dibujar una casa o garabatear líneas abstractas? Anyone?

2 comments:

  1. las dos...a eso sumandole unos cuantos paisajes hermosos de dias soleados y nubes lluviosas... unos cuantos autoretratos y retratos de amores =)

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  2. Cierto adorada Isa. Sobre autorretratos, aún tengo en mi casa tu 'Mujer con mariposa'. Me sigue fascinando. Quizá algún día algún otro Nájera decore mis paredes. Abrazos todos, linda.

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