Friday, 11 November 2011

De corde totaliter et ex mente tota


Para B., barítono.

Acto primero. Tomemos esta minúscula caja de cuero rojo. Este exquisito objeto de 4.5 cms de diámetro es una réplica del estuche que un avezado encuadernador de libros produjo para guardar los lentes de ópera de la emperatriz Josefina, por ahí de 1804. En esta caja se conservaba el instrumento que permitía a esos afortunados asistentes al teatro adentrarse de lleno en el drama que se montaba en el escenario. Sin ellos, sólo habría sonido, disfrutable, sin duda, llenando el espacio musical, haciendo vibrar a los presentes, pero no habría percepción de las emociones, de lo que hacía realmente compleja a la ópera, diferente a los conciertos, un arte total. Los lentes eran la mínima e indispensable entrada al theatrum vitae.

Acto segundo. En 1803, al tiempo que el avezado encuadernador curtía el cuero para el estuche de lentes de Josefina, un códice medieval apareció en una abadía benedictina en Baviera. El manuscrito contenía 254 poemas escritos en latín, alemán y francés antiguos y macarrónico, la mezcla de latín con lenguas vernáculas. La combinación de idiomas denotaba que los poemas habían tenido orígenes muy distintos, algunos provenientes del centro de Europa, otros del sur, otros más de Inglaterra. La compilación era claramente el producto de poetas viajeros, los goliardos, esos clérigos rebeldes y estudiantes universitarios que usaban la rima musicalizada para protestar contra los abusos de la iglesia y se ganaban la vida cantando de pueblo en pueblo. Esta colección se dio en llamar Carmina Burana, o canciones de Beuern, nombre de la abadía que la alojaba. Junto con la Carmina Cantabrigiensia, o canciones de Cambridge, constituye la más notable compilación de canciones vagabundas e itinerantes.

Acto tercero. Que Josefina tuviera un instrumento capaz de acercar la imagen alrededor de cien metros y tan pequeño para caber en un estuche de 4.5 cms de diámetro era todo un logro tecnológico en 1804. Sólo un puñado de ópticos, entre ellos Jean-Noël Lerebours (1761-1840), era capaz de manufacturar tan preciso y minúsculo artefacto. Lerebours había salido de su pueblo en la Mancha siendo aún analfabeta y comenzó su aprendizaje en talleres de instrumentos matemáticos. Poco a poco se especializó en óptica, con tal oficio y consistencia que a su mano se deben los lentes más exactos del Observatorio de París. Sus logros fueron reconocidos con premios en varias exposiciones y con la notable membresía del Bureau des Longitudes, la academia encargada de mejorar la navegación, la geodesia y las observaciones astronómicas. En los años de Lerebours, el Bureau se dio a la tarea de sincronizar todos los relojes alrededor del mundo y estandarizar, así, la medición del tiempo.

Acto cuarto.  Hoy, que los calendarios se homogeneizaron en un solo dígito, amaneció muy temprano. B. se preparó para viajar a Durango, la ciudad 'más allá del agua' en euskera. Yo salí a hacer mi caminata matinal y tuve frío. En el desayuno leí sobre las guerras de la ciencia de los noventa, y pensé en las distintas preguntas que aún nos hacemos científicos e historiadores. Desde el aeropuerto hubo repetidas llamadas antes del despegue, unas en buen tono, otras con la manifiesta tensión de las despedidas. Con el día ya encarrilado, cerca de la sincronía perfecta, cayó un helicóptero. El país entero le dio vueltas una y otra vez a la improbabilidad de perder a dos secretarios de gobernación en accidentes aéreos en tres años. El día más armonioso del siglo se nubló. Todos aterrizamos.

Acto quinto. Ahora espero un aterrizaje más, desde el despoblado occidente. Mientras tanto observo el artefacto mismo de Josefina y constato el detalle de la perfecta manufactura de Lerebours. Me imagino tomando el lente, ese portal al teatro de la vida, suavemente entre mis manos, cerrándolo poco a poco, sintiendo como cada anillo retráctil se va guardando dentro del que le sigue en tamaño hasta formar uno solo. Un perfecto aro metálico. Admiro también el trabajo del encuadernador, que después de forrar el diminuto estuche en cuero rojo, lo grabó con la inicial de la emperatriz y lo detalló con vistas de oro. Veo que el estuche tiene un broche de fierro diminuto, que lo hace ligeramente asimétrico. Me imagino abriendo el estuche y veo su fondo de terciopelo negro. En ese vacío pongo un verso vagabundo que cruzó media Europa, quizá desde Albión, en un lenguaje claro y transparente: 'de todo corazón y con toda el alma, estoy junto a tí por lejos que vaya'. 

Et encore. Los poetas viajeros estuvieron en silencio por ocho siglos en la abadía de Beuern, hasta que un músico y pedagogo de la región seleccionó algunos de sus versos y los musicalizó. Hoy son de las notas más reconocibles del mundo. Mi verso favorito está en una sola voz barítona y comienza con una simple y gran verdad, que yo adoro experimentar: 'Omnia Sol temperat', el sol todo lo templa. Aquí, las palabras de esos viejos e itinerantes rebeldes.










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