Para B., barítono.
Acto primero. Tomemos esta
minúscula caja de cuero rojo. Este exquisito objeto de 4.5 cms de diámetro es
una réplica del estuche que un avezado encuadernador de libros produjo para
guardar los lentes de ópera de la emperatriz Josefina, por ahí de 1804. En esta
caja se conservaba el instrumento que permitía a esos afortunados asistentes al
teatro adentrarse de lleno en el drama que se montaba en el escenario. Sin
ellos, sólo habría sonido, disfrutable, sin duda, llenando el espacio musical,
haciendo vibrar a los presentes, pero no habría percepción de las emociones, de
lo que hacía realmente compleja a la ópera, diferente a los conciertos, un arte
total. Los lentes eran la mínima e indispensable entrada al theatrum vitae.
Acto segundo. En 1803, al
tiempo que el avezado encuadernador curtía el cuero para el estuche de lentes
de Josefina, un códice medieval apareció en una abadía benedictina en Baviera.
El manuscrito contenía 254 poemas escritos en latín, alemán y francés antiguos
y macarrónico, la mezcla de latín con lenguas vernáculas. La combinación de
idiomas denotaba que los poemas habían tenido orígenes muy distintos, algunos
provenientes del centro de Europa, otros del sur, otros más de Inglaterra. La
compilación era claramente el producto de poetas viajeros, los goliardos, esos
clérigos rebeldes y estudiantes universitarios que usaban la rima musicalizada
para protestar contra los abusos de la iglesia y se ganaban la vida cantando de
pueblo en pueblo. Esta colección se dio en llamar Carmina Burana, o canciones de Beuern, nombre de la abadía que la
alojaba. Junto con la Carmina
Cantabrigiensia, o canciones de Cambridge, constituye la más notable
compilación de canciones vagabundas e itinerantes.
Acto tercero. Que Josefina
tuviera un instrumento capaz de acercar la imagen alrededor de cien metros y
tan pequeño para caber en un estuche de 4.5 cms de diámetro era todo un logro
tecnológico en 1804. Sólo un puñado de ópticos, entre ellos Jean-Noël Lerebours
(1761-1840), era capaz de manufacturar tan preciso y minúsculo artefacto.
Lerebours había salido de su pueblo en la Mancha siendo aún analfabeta y
comenzó su aprendizaje en talleres de instrumentos matemáticos. Poco a poco se
especializó en óptica, con tal oficio y consistencia que a su mano se deben los
lentes más exactos del Observatorio de París. Sus logros fueron reconocidos con
premios en varias exposiciones y con la notable membresía del Bureau des Longitudes, la academia
encargada de mejorar la navegación, la geodesia y las observaciones
astronómicas. En los años de Lerebours, el Bureau
se dio a la tarea de sincronizar todos los relojes alrededor del mundo y
estandarizar, así, la medición del tiempo.
Acto cuarto. Hoy, que
los calendarios se homogeneizaron en un solo dígito, amaneció muy temprano. B.
se preparó para viajar a Durango, la ciudad 'más allá del agua' en euskera. Yo salí a hacer mi
caminata matinal y tuve frío. En el desayuno leí sobre las guerras de la
ciencia de los noventa, y pensé en las distintas preguntas que aún nos hacemos
científicos e historiadores. Desde el aeropuerto hubo repetidas llamadas antes
del despegue, unas en buen tono, otras con la manifiesta tensión de las
despedidas. Con el día ya encarrilado, cerca de la sincronía perfecta, cayó un
helicóptero. El país entero le dio vueltas una y otra vez a la improbabilidad
de perder a dos secretarios de gobernación en accidentes aéreos en tres años. El
día más armonioso del siglo se nubló. Todos aterrizamos.
Et encore. Los poetas
viajeros estuvieron en silencio por ocho siglos en la abadía de Beuern, hasta
que un músico y pedagogo de la región seleccionó algunos de sus versos y los
musicalizó. Hoy son de las notas más reconocibles del mundo. Mi verso favorito
está en una sola voz barítona y comienza con una simple y gran verdad, que
yo adoro experimentar: 'Omnia Sol temperat',
el sol todo lo templa. Aquí, las palabras de esos viejos e itinerantes
rebeldes.


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