La semana pasada estuve un par de días en la sala de libros raros de la biblioteca estudiando la Historia Naturae, Maxime Peregrinae del Jesuita Juan Eusebio Nieremberg (Amberes, 1635). Mi objetivo principal era, como siembre, buscar al colibrí. Lo encontré con su nombre genérico en náhuatl "hoitzitziltótotl", siguiendo a Hernández, y luego, siguiendo a Clusius, como "ourissia" o "rayo de sol" en el Brasil precolombino y como "tominejo", el nombre castellano derivado del "tomino" una medida de peso. Pero luego encontré algo emocionante y, para mí, entrañable: la imagen y la descripción de la Herba Mimosa de Nieremberg, también con base en Hernández. Esta imagen es un espontáneo epílogo para la entrada Mimosa Pudica de hace unos meses.
Saturday, 16 May 2009
Epílogo: Mimosa del XVII
La semana pasada estuve un par de días en la sala de libros raros de la biblioteca estudiando la Historia Naturae, Maxime Peregrinae del Jesuita Juan Eusebio Nieremberg (Amberes, 1635). Mi objetivo principal era, como siembre, buscar al colibrí. Lo encontré con su nombre genérico en náhuatl "hoitzitziltótotl", siguiendo a Hernández, y luego, siguiendo a Clusius, como "ourissia" o "rayo de sol" en el Brasil precolombino y como "tominejo", el nombre castellano derivado del "tomino" una medida de peso. Pero luego encontré algo emocionante y, para mí, entrañable: la imagen y la descripción de la Herba Mimosa de Nieremberg, también con base en Hernández. Esta imagen es un espontáneo epílogo para la entrada Mimosa Pudica de hace unos meses.
Saturday, 28 March 2009
Narcissi
Hace unos años, bastantes, cuando apenas empezaba a conocer a B, me encontré un narciso de tela en su baño, cerca de los cepillos de dientes. La presencia de este objeto me pareció de lo más extraña. B, con su gusto impecable, discreto y lineal, tenía una flor amarilla artificial en el baño. Lo primero que pensé al verla era que se trataba de algo tan prosáico como un desodorante de ambiente, de esos que de pronto se ponen en los coches. Pero no, imposible, ¿el sofisticado B con un desodorante que claramente rayaba en lo kitsch? Tenía que haber otra explicación. Tomé la flor, la inspeccioné a detalle y encontré en su base un letrerito azul en el que sólo pude identificar algo como una "M" y una "C" entre otras letras bastante borradas por la humedad. Algún mensaje había allí que yo me estaba perdiendo y que encerraba la respuesta al enigma de la flor de tela.
En el tono aparentemente inocente pero claramente inquisitivo que me cargo con frecuencia solté un: "¿y...la flor del baño, qué onda?, ¿hay alguna historia detrás?" A lo que B, con su serena claridad respondió: "sí, tiene mucho tiempo, la tengo desde Inglaterra". Ajá. Información más allá de lo evidente. Fiu. Pero hasta allí llegó su respuesta. Y aunque yo también había pasado largas temporadas en la isla para mi maestría, en ese tiempo no me topé con las flores de tela amarillas y, si lo hice, nunca supe su significado. Así que, con algo de pena por admitir que para mí la clave "Albión" no era suficiente, pregunté: "¿y qué significa?". B, sonriente y sorprendido, como siempre que podía enseñarme algo, dijo: "ah, pues, la lucha contra el cáncer". Mmmm, ok, jamás lo hubiera imaginado. El presunto desodorante de ambiente era todo un statement por una causa. Ya con esta pieza de información, pude discernir lo que decían el resto de las borrosas letras del letrerito azul: "Marie Curie Cancer Care", el nombre de una de las más grandes ONGs del Reino Unido, dedicada a la investigación y el cuidado de los enfermos de cáncer.En esta segunda ronda de mi vida en Albión, he empezado a comprender porqué la Fundación Marie Curie eligió en 1948 al narciso como símbolo de su lucha. Después de meses de árboles desnudos y cielos sin principio ni fin, de semanas y semanas de gris, de pronto, a mediados de febrero, principios de marzo, se asoman las primeras promesas de sol: las pequeñas flores amarillas que anuncian la primavera. Asumiendo la cursilería implícita en este caso, admito que para mí llegar al parque esta semana y ver, finalmente, a los narcisos en flor, me llenó de alegría, me hizo incluso pensar que el interminable invierno vale la pena sólo para sentir el gozo de la llegada de los narcisos y las promesas que traen consigo. Esta, sin duda, es una reacción aprendida después de varios años, de varios inviernos, y que es imposible aprender a la distancia, en el soleado México que casi no conoce estaciones. Toda la carga conferida a las flores amarillas vive en la cabeza y rebasa, con creces, lo que el ojo, mero lente, puede percibir .
Friday, 27 March 2009
Días de biblioteca

Amo los días de biblioteca. Esos días en los que en vez de dirigirme inercialmente a la oficina o escribir desde casa me invade el deseo, o la necesidad, de convivir con los muertos, y los voy a visitar. Hoy estuve con Hernández en el siglo XVI y con Faber, su comentarista, en el XVII. Fui a consultar de nuevo qué pensaban sobre los colibríes. Lo he hecho ya muchas veces. Y siempre encuentro novedades: algún comentario en el que no había reparado, la esquina de algún grabado que me indica alguna pista sobre las ilustraciones, alguna referencia a otra fuente que había pasado por alto y que de pronto, después de más lecuras, tiene sentido. Así son los días de biblioteca, nunca son iguales aunque uno vaya a visitar a los mismos muertos.
La emoción, sin embargo, empieza mucho antes de llegar, y es de este preámbulo del que quiero tratar. Para mí, el aire de aventura se comienza a respirar al montarme a la bicicleta. Desde que tomo camino en el centro del pueblo y me meto a Senate House Passage, el sinuoso callejoncito empedrado que lleva a Trinity Lane, comienza a fluir la adrenalina. Y es que si algo hay que hacer camino a la biblioteca es sortear transeúntes con la bici, todo un arte que conlleva sus riesgos. Entre estos está, por ejemplo, que uno nunca sabe si, al usar la campana de la bicicleta para pedir el paso, los caminantes se asustarán y cambiarán de posición o se quedarán estáticos para dejar pasar. A falta del don de la adivinación, es imprescindible estar muy alerta para anticipar los posibles erráticos movimientos peatonales, a fin de no atropellarlos al intentar rebasarlos. Cuando el camino es tan angosto como en Senate House Passage, estas aparentemente insulsas disyuntivas se vuelven harto relevantes.
Supongamos que ya se libró lo más angosto del camino, y llegamos a Trinity Lane. Allí literalmente habrá que avanzar diez metros y dar vuelta a la izquierda en Garrett Hostel Lane, siguiendo el letrero escrito con gis en la pared de la esquina -sí, creánlo- que dice "to the river". Pronto después de dar vuelta, veremos el puente, el hermoso y retador Garrett Hostel Bridge, casi oficalmente la pendiente más pronunciada de Cambridge. Aquí viene otro reto interesante para la bici. Cruzar este puente sin desmontar básicamente separa a los novatos de los veteranos en el ciclismo cantabrigense. En muy poco espacio hay que agarrar vuelo, sortear a los caminantes y hacer cambio de velocidad para lograr llegar a la cresta del puente. Si alguna de las tres cosas sale mal es casi seguro que habrá que desmontar. Digamos que se agarró vuelo, pero a la mera hora, a algún transeúnte de adelante se le cayó el celular y se detuvo a recogerlo o tuvo el espontáneo impulso de pararse a tomar una foto, obligándolo a uno a frenar. Mala cosa, ya no habrá forma de mantener el control de la bici en velocidad baja y, casi con seguridad, para abajo. O digamos que no se atraviesa ningún transeúnte, pero no se agarró suficiente vuelo. Es probable entonces que el impulso que logre la bici en velocidad baja no será suficiente para subir la cresta y, casi con seguridad, para abajo. O digamos que se agarró vuelo y no hay transeúntes, pero no se metió el cambio de velocidad baja a tiempo. En ese caso la pendiente se hará tan pronunciada que ni pedaleando de pie se logrará salvarla y, casi con seguridad, para abajo. El punto, me parece, ha quedado claro.
Pero así como Garret Hostel Bridge es retador, es noble y compensador. Si se logra llegar a la cresta del puente, la vista es alucinante, una de las más hermosas del pueblo: el río Cam en todo su esplendor, adornado por Clare Bridge a la izquierta y Trinity Bridge a la derecha. Unos segundos en la cresta son de rigor. Ahí, casi irremediablemente, uno siente que se detiene el tiempo. Entre el verde de los campos en las laderas del río, la ligerísima niebla cuando hace frío o la brillantez del agua cuando hay sol, la cresta de Garret Hostel Bridge es mágica. Y luego viene otro premio, la bajada. ¡Guooojuuú! ¡Qué maravilla! Incomparable bajar el puente a toda velocidad sintiendo el viento en la cara y las piernas duras, bien ancladas a la bici. Un pedazo de niñez devuelta de pronto, sin esperarlo, y así, aún con la alegría a flor de piel y aún asimilando la emoción que sólo los puentes pueden regalar, llegamos a la esquina de Queen's Road y esperamos, pacientemente, el semáforo.
Este es uno de los más respetables y civilizados semáforos que conozco. Tiene carriles de ida y vuelta para bicicletas, propiamente señalizados en el piso, y uno especial para peatones. Me encanta el orden de ese cruce. Su existencia me ayudó a tener confianza al cruzar las calles en dos ruedas cuando recién llegué, así que le sigo agradecida. Al ponerse en amarillo -recordemos que en este país se avisa cuando viene el rojo y también cuando viene el verde- el grupo de ciclistas preparamos el pedal, nos montamos al asiento, y tan pronto prende el vierde, nos lanzamos, casi todos pedaleando de pie, porque lo que sigue, el último pedazo, también tiene su pendiente y, viniendo de cero, vaya que se hace sentir.
Nos recibe pues Burrell's Walk, anunciando, en toda su belleza, que ya estamos cerca. Burrell's Walk es una vereda encantadora, cercada por un par de bardas completamente cubiertas de enredaderas. Es la vereda verde. Burrell's tiene un poder indescriptible. No recuerdo una sola vez en que haya pasado por aquí sin pensar cómo la voy a extrañar cuando ya no la pueda caminar -o bicicletear- tan seguido. Quizá parte del poder de Burrell's es que permite empezar a asimilar la emoción de todo el recorrido hasta ese momento, pero a la vez siembra la expectación de lo que viene. Y es que después de unos instantes, la vereda descubre la hermosa reja de hierro forjado negro que da entrada a la UL, la University Library, el templo a los muertos a quienes vengo a visitar.
La UL es una mole de ladrillo oscuro diseñada en los años treintas por Giles Gilbert Scott, creador también de la estación de electricidad Bankside en Londres -hoy la Tate Modern- y de la clásica cabina roja de teléfonos. Algunos críticos opinan que si algo tenía Scott en sus diseños era consistencia. Sí, señor. Pero eso es irrelevante. El punto es que ya estamos aquí. Encadenamos la bici en el magnífico estacionamiento de grava adjunto a la UL. Nos acercamos a la bellísima puerta principal giratoria que parece anunciar que el tiempo no corre igual adentro que afuera. Y nos perdemos. Hora de saludar a los muertos.
Thursday, 26 March 2009
Nueve
Es raro todo a lo que nos podemos acostumbrar. A levantarnos todos los días a la misma hora. A no poder darnos un regaderazo enteramente de pie porque el techo del baño es demasiado bajo. A desayunar avena. A vivir con lo que cabe en una maleta. A las canas. Y también a dormir en el centro de la cama. A comprar boletos para uno en el cine. Al teléfono, previamente aborrecido. A grandes cantidades de silencio. A pasar semanas, meses, acumulando historias que contar para cuando haya tiempo. En resumen, a estar, de lejos. Todo empieza a parecer normal después de un rato. Y ya casi no se sufre. Hasta que de pronto, algo nos recuerda que hay más. Que se puede más. Que hay toda otra dimensión de vida que adoramos y que hace falta. Hoy La maison en petits cubes hizo esto para mí. Me recordó. Ya quiero que llegue el 9.
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Wednesday, 18 February 2009
Gabinete/Cabinet
Creo que lo debo aceptar. Pensar en español mientras vivo en un entorno angloparlante es un buen ejercicio, sin duda, pero también un acto que genera confusión. Sobre todo cuando debo agarrar vuelo al escribir una tesis en idioma ajeno. Hasta ahora me ha encantado la espontánea separación entre mi idioma de trabajo, el inglés, y mi idioma de confianza, el español: el de los placeres, los mensajes a los amigos, el del Gabinete. Pero me empieza a parecer que algo de flexibilidad entre los dos, quizá sólo por un tiempo, me vendría bien. Doy la bienvenida, pues, a la pochez, y ya veremos a dónde va el Cabinet.
Tuesday, 17 February 2009
We ♥ NY
Dos vuelos de más de cinco horas, un traje y un vestido de noche sobre el Atlántico, amigos generosos y muchas ganas de coincidir pusieron el marco para un fin de semana extraordinario, uno de sincronía en NYC. ¿El motivo? La boda de un viejo amigo de B. Entrelíneas, la excusa ideal para un encuentro en un punto casi equidistante entre el DF y Londres. Hubo entrañables conversaciones con nuestros anfitriones A y D, al calor de comida marroquí y coreana. Deliciosas caminatas al lado del parque central, con sus irrenunciables hot dogs para aplacar el frío. Inspecciones en el Museo de Historia Natural. Potenciales visitas al aviario de Audubon. Un comedero para colibríes (el mejor regalo). Indecibles horas de metro, algunas de ellas con soundtrack de tamborileros. La búsqueda de la camisa perfecta. La búsqueda del vestido negro perfecto. Cena en el Belidia, té en el Carlyle. Mucho aprendizaje sobre discursos en las bodas anglosajonas. Varias comprobaciones de la idea de seis grados de separación. Recuerdos de Cambridge. Noticias de Abu Dhabi. Rosas rosas en Manhattan. Tulipanes rojos y orquídeas azules en Brooklin. All in all, We ♥ NY.
Monday, 9 February 2009
Linnaeana
Hasta este punto todo va muy bien en la clase. Los alumnos observan las flores, cuentan estambres y pistilos y luego buscan en un diagrama como éste, originalmente pintado por Ehret para Linneo, a qué clase y orden pertenece su objeto de estudio.Pero, al comenzar la fase descriptiva de la clasificación, empiezan los pequeños desfiguros entre los jóvenes aprendices. Éstos van desde risitas amortiguadas por las bufandas y las mangas de las sudaderas, hasta fuertes resoplidos o aspiraciones de incredulidad. Y es que la clase Hexandria de los lirios, para seguir con nuestro caso, pertenecería al siguiente árbol, según la clave del sistema sexual linneano de Genera Plantarum:
"Matrimonios de las plantas
/ Matrimonios públicos: es decir las flores son visibles a simple vista
/ En una cama, marido y mujer comparten la cama: estambres y pistilos en la misma flor
/ Maridos sin afinidad, maridos sin relación entre sí: estambres no vinculados en ningún extremo
/ Con igualdad, todos los varones de igual rango: estambres sin largo y proporción determinados
/ Seis varones"
Así, la clase y el orden de nuestros lirios rosados pueden resumirse como "el matrimonio público de seis maridos de igual rango y una esposa en una sola cama". Para este momento, los estudiantes, en su mayoría médicos o biólogos, ya están en el suelo de la risa o de la pena. La mayoría no da crédito ante el extremo antropomorfismo del sistema sexual linneano. Ese antropomorfismo que, aunado a su simplicidad y a la obsesiva tenacidad de su creador, abonó para hacer de la clasificación de plantas por caracteres sexuales el sistema estándar hacia el último cuarto del siglo XVIII.
Muchos siguieron a Linneo en sus antropomórficas descripciones de las plantas, incluso en el terreno de la poesía. Uno de los más célebres fue Erasmus Darwin, pionero de la evolución y abuelo del últimamente multicelebrado Charles. En su poema The Loves of Plants (1791), Erasmus escribió: "The freckled Iris owns a fiercer flame, / And Three unjealous husbands wed the dame." Estos versos, que fuera de contexto podrían haber sonado a escándalo mayúsculo en el XVIII, nos llevan a una deducción. Según la demostración de hoy, esa "fleckled Iris", mi tocaya por partida doble, con sus tres esposos no celosos, no es otra cosa que una Triandria Monogynia, la flor japonesa Iris ensata, conocida como la geisha pecosa.
Friday, 6 February 2009
Cantablanca
Hoy abrí los ojos y las ventanas de mi ático no me permitieron ver qué había afuera.

Me asomé por la ventana que da al patio y vi todo blanco.

Bajé a la cocina y mientras tomaba mi café noté que nuestro jardín se había convertido en un pastel embetunado.
Mi bicicleta, recién recuperada, descansaba somnolienta. La cubría una colcha de escarchas.

A la vuelta de la casa, el camino al cementerio invitaba a caminar entre los árboles.

En el parque los niños corrían. Sus ropas oscuras los hacían parecer hormigas en harina.

Los osos polares del cartel se sentían en casa.

Y yo recordaba a Tippet - y la última nevada.
Me asomé por la ventana que da al patio y vi todo blanco.
Bajé a la cocina y mientras tomaba mi café noté que nuestro jardín se había convertido en un pastel embetunado.
Mi bicicleta, recién recuperada, descansaba somnolienta. La cubría una colcha de escarchas.
A la vuelta de la casa, el camino al cementerio invitaba a caminar entre los árboles.
En el parque los niños corrían. Sus ropas oscuras los hacían parecer hormigas en harina.
Los osos polares del cartel se sentían en casa.
Y yo recordaba a Tippet - y la última nevada.
Friday, 30 January 2009
Darwiniana I
Darwin fue fundado en 1964 como el primer colegio mixto, es decir para hombres y mujeres. Fue el primero fundado para postgraduados, lo que lo hace quizá el más internacional del pueblo, con más de cincuenta países representados. Y fue, además, el primero en eliminar muchos de los convencionalismos jerárquicos que impregnan la vida colegial cantabrigense, como la high table –la separación entre la “mesa alta”, exclusiva para los fellows del colegio, y la “mesa baja”, para los estudiantes–, el uso de la famosa túnica o gown para cuanta ceremonia se imagine, o la prohibición de pisar el césped. Ahora que hago esta lista me es evidente que escogí venir a Darwin para huir de lo religioso –que sobre el papel yo asociaba con los nombres Trinity, St John’s, Corpus Christi–, y de lo monárquico y nobiliario –King’s, Queen’s, Pembroke. Darwin para mí representaba lo progresista, lo equitativo, a lo que realmente había que aspirar, pues, viniendo de un país donde equidad y desarrollo son, en algún grado, temas pendientes.
Ahora que arranca el doble año de Darwin, bicentenario de su nacimiento y ciento cincuenta aniversario de la publicación de El origen de las especies, no me puedo imaginar mejor lugar para celebrarlo. Mucho del espíritu darwiniano permea las paredes del colegio todo el tiempo: en la casa misma, que perteneció a George, uno de los hijos del naturalista, en los retratos de su esposa en la sala de lectura, en los grabados de su nieta Gwen Raverat en las paredes de la escalera y, obviamente, en la inmensa colección de sus obras en la biblioteca. Darwin está aquí. Más presente, imposible.
Desde mi escritorio en el colegio homónimo, a la orilla del río Cam, yo también celebro el inicio del jubileo de Charles. Decido hacerlo con sabor a casa, con algo de humor mexicano. A partir de hoy cargo mis papeles en un bolso que compré en una librería en Coyoacán. El bolso tiene impresa una caricatura de Darwin, muy en el tenor de la sucinta descripción de la teoría evolutiva que hizo recientemente el comediante Eddie Izzard en Londres: "monkey, monkey, monkey... you".
Thursday, 29 January 2009
A rodar mi vida
No tengo muy claro por qué, pero hoy después de seis meses volví a andar en bicicleta. En la mañana la desencadené y la saqué de su olvidado rincón del jardín. Le arranqué los retoños de plantas que habían empezado a crecer en la cadena y en las ruedas. Le limpié el asiento y el manubrio, y la llevé al mercado para que le pusieran aire y aceite por £1 libra. Quedó preciosa.Quise fingir naturalidad. Subirme de nuevo sin gran preámbulo, como si no hubiera pasado el tiempo. Casi lo logro. Casi. En mi primer intento, torpísima, no pude controlar el manubrio y choqué con un auto estacionado al buscar subirme a la bicicleta con la falda recta que traía. No me dio el ancho. Ya a la segunda vez salió. Zigzagueé un poco al principio, pero tan pronto agarré vuelo y sentí el viento en mi cara volví a ser feliz. Volví. Tregua al bossa nova.
Tuesday, 20 January 2009
¿La "H" es muda?
Barack H. Obama, 44o presidente de EUA, hoy, 20 de enero de 2009:"We have chosen hope over fear"
"Starting today, we must... begin again the work of remaking America... a nation cannot prosper long when it favours only the prosperous".
"We reject as false the choice between our safety and our ideals... our power alone cannot protect us, nor does it entitle us to do as we please; our power grows through its prudent use; our security emanates from the justness of our cause".
"We are shaped by every language and culture, drawn from every end of this Earth... To the people of poor nations, we pledge to work alongside you to make your farms flourish and let clean waters flow; to nourish starved bodies and feed hungry minds. And to those nations like ours that enjoy relative plenty, we say we can no longer afford indifference to suffering outside our borders; nor can we consume the world's resources without regard to effect. For the world has changed, and we must change with it".
"What is required of us now is a new era of responsibility - a recognition, on the part of every American, that we have duties to ourselves, our nation, and the world".
Saturday, 17 January 2009
1209-2009
Esta noche arrancaron las celebraciones del 800 aniversario de la universidad. Al picar de la campanas, el pueblo se llenó de luz; las calles, de banda: jóvenes recién llegados, profesores eméritos, parejas, viejos, niños en carreolas. Toda la comunidad salió a pesar del frío. La timidez dio tregua por quince minutos, mientras el cónclave cantabrigense vio pasar episodios de su historia en las luces proyectadas en Senate House. Hubo sonrisas. Quejas por no ver bien. Tolerancia ante la proxémica atropellada. Cientos de cafés sorbidos al unísono. Pequeños concursos privados para identificar cada imagen, cada referencia. Ojos húmedos ante la grandeza del pasado. Ojos abiertos ante el reto del futuro. Por quince minutos, hubo la tenue ilusión de pertenencia. La BBC reporta. Historiadores recuentan. Exalumnos ilustran.
Thursday, 15 January 2009
El primer domingo

Ahora que estoy adaptándome de nuevo a la pérfida Albión vuelven a mí recuerdos de otras llegadas. En particular de la primera, de ese primer domingo en el pueblo y la irrepetible experiencia de ver todo con ojos nuevos. Aquel 24 de septiembre de 2006, esto es lo que registré:
"Estoy sentada en una banca, en los jardines de Darwin College. Atardece. Me duelen un poco los pies y los hombros, porque he estado caminando todo el día. Pero el cansancio no opaca mi felicidad. Este sitio es una maravilla, es bellísimo. Me parece increíble que aquí me tocará estar los próximos años, que a esto me podré acostumbrar. Cambridge es un pueblo bicicletero, es verdad, pero lleno de carácter. Cada calle, cada puerta, cada escalera, cada puente, tiene carácter. Y no es sólo la edad –la universidad tiene 797 años–, es el estilo. Aquí hay un estilo que combina sobriedad y grandeza, sencillez y tradición, sin crear sensación de antigüedad. Nada se siente obsoleto. Lo viejo convive con lo nuevo y se mezcla espontáneamente de manera armoniosa. Es un misterio, realmente, pero funciona. Hoy desperté en mi nueva cama –una individual, hacía muchos años que no dormía en una individual–, después de una larguísima jornada de viaje. Un vuelo retrasado y dos horas de autobús fueron el preámbulo para llegar a Cambridge, que me recibió con un clima sorprendente. ¡Hacía calor!, y en la ciudad se respiraba todavía aire veraniego. Era noche de sábado y la gente andaba en la calle, entaconada, buscando sitios para cenar, para tomar un trago. Desde el autobús se veía una atmósfera festiva y juvenil, rica. Tomé un taxi para llegar al colegio, donde me dieron llaves, almohadas, duvet y señas para llegar a mi nueva casa. Afortunadamente la encontré pronto, justo a la vuelta: la Gwen Raverat House, que es la residencia más nueva que tiene Darwin. Desempaqué, me comí la última mitad de un sándwich BLT (bacon, lettuce and tomato, ah cómo abundan las siglas por aquí) y caí rendida a las diez de la noche. Así que hoy, el primer domingo, tenía muchas ganas de explorar y pasé el día caminando."

"Comencé mi recorrido con un café y un muffin de limón y semilla de amapola (aunque sin efectos alucinógenos) en el Café Nero de King’s Parade, la calle principal. Anduve por todo el centro, identificando los lugares importantes para mí. Primero quise ubicar los colleges viejos: King’s, Trinity, Saint John’s. En mi caminata por la calle principal –que a la usanza chilanga cambia de nombre a cada cuadra y de acuerdo con lo que hay: primero Trumpington Street, luego King’s Parade, luego Trinity Lane, luego Saint John’s Street–, de pronto me topé con una pequeña escalera hacia abajo y un letrero diminuto que decía 'Footlights'. Recordé que Footlights es el grupo de teatro al que pertenecieron varios de los miembros de Monty Python, y también Emma Thomson, Stephen Fry, Hugh Laurie y otros britactors que disfruto tanto."

"Continué hacia el corazón el pueblo: la plaza del mercado, donde me quedó claro que el origen de Cambridge fue un pueblo comercial, un market town. Ya andando en onda de compras, pasé a Sainsbury's, el super del centro. Allí compré los primeros básicos, incluido un gel de baño reavivante, a base de bergamota, que huele delicioso, y mi primer paquete de té. De regreso en la calle principal, en ese tramo Trinity Lane, pasé por Heffers, la librería tradicional. Ahí me consentí y, como no había querido cargar nada desde México, compré el primer libro de mi vida cantabrigense: 'Period Piece' de Gwen Raverat, nieta de Darwin, y mujer en cuyo honor nombraron la casa en donde vivo. 'Period Piece' es el libro de sus memorias juveniles mientras vivía en este pueblo de académicos, y ha tenido tanto éxito que nunca ha estado descontinuado desde su publicación en 1952. También en Heffers descubrí con gusto una sección que en tono algo imperativo se llama 'Read these (or your brain will shrink): the books every university student must know' y en ella encontré tres libros que han llegado a mí por una u otra razón, casi siempre relacionada con B: 'Emergence' ('Sistemas emergentes', en español) de Steven Johnson; 'On bullshit', de no-recuerdo-qué Frankfurt; y 'Freakonomics' de un par, cuyo nombre tampoco recuerdo. De paso, compré también mis primeras tazas para té en la librería. Éstas tienen detrás una larga leyenda en verso, y en broma, sobre las disciplinas del conocimiento: 'argue in archaeology, buzz in biology, chat over coffee, dream in divinity...'. El punto concluye con que 'whatever the subject we have it at Heffers'. Me mataron, por supuesto, por eso de la onda enciclopédica."

"Y ya que me había metido a temas más serios, busqué mi departamento académico, Historia y Filosofía de la Ciencia, o HPS, como lo llaman todos aquí. Más siglas, nótese. Está bastante cerca de Darwin, y más céntrico imposible, en Free School Lane (me encantó el nombre), la misma calle del antiguo Laboratorio Cavendish, donde en 1897 JJ Thomson descubrió el electrón. Estaba cerrado por ser domingo, pero pude empezar a visualizar el camino que habría de tomar todas las mañanas por los próximos tres años. Al salir de Free School Lane, me topé con The Eagle, el pub en el que, según la leyenda, Watson y Crick visualizaron la estructura del ADN."

"Medio saturada y medio hambrienta, emprendí mi regreso a Darwin por Mill Lane. Pasé por el Board of Graduate Studies, el departamento de Estudios Latinoamericanos y el University Centre, también llamado el Grad Pad (el refugio de los estudiantes de postgrado originalmente), donde está la Gates Common Room, en donde los becarios podremos trabajar mientras nos ubican en nuestros departamentos académicos, si es que logramos no distraernos con la preciosa vista del río que hay desde allí."

"Ya se está haciendo de noche y el jardín va quedando oscuro. Siguen escuchándose el ruido del agua y las risas ocasionales de quienes están haciendo canotaje en el río, aquí mismo, dentro del college. Va siendo hora de caminar los cincuenta pasos que me separan de Gwen Raverat House, de prepararme un té, y de seguir escribiendo mi capítulo para Santillana. Y mañana, a la campiña con la banda Gates. Espero sobrevivir."
Hoy, dos años y un tercio después, algunas cosas han cambiado. Desde hace tres meses camino en vez de andar en bici porque he descubierto que la mejor manera de combatir la depresión del invierno es traer bossa nova en el ipod (y el ipod y la bici no combinan bien). Este año, la universidad cumple ya 800 años y se preparan indecibles celebraciones. Mi cama ya no es individual. Ya no vivo en Gwen, sino más allá del 'reality check point', apodo que se le da a un punto en el parque Parker's Piece, que marca el inicio del Cambridge real, el Cambridge de las familias, los trabajadores, los inmigrantes, no el de los colegios. Ya no voy a Café Nero que a la distancia parece muy de cadena, sino a Bennet's, un lugarcito pequeño y familiar donde hacen café italianesco y me tratan con calidez. Ya no estudio en particular la enciclopedia de Diderot y D'Alambert, sino los flujos de conocimiento sobre historia natural mexicana en todo tipo de textos, imágenes, y objetos, en el caso del colibrí. Hoy sé que Free School Lane se llama así porque allí se estableció, literalmente, una escuela gratuita en en siglo XVII. La leyenda de Watson y Crick hoy me parece irrelevante sin el reconocimiento al trabajo de Rosalind Franklin, cuyos insumos hicieron todo posible. El Board of Graduate Studies ha pasado de ser el benévolo organismo que me admitió, a ser la conmidatoria entidad que recibirá mi aún incipiente tesis. Mi oficina ya no es la sala Gates, sino el edificio Mond, antes parte del laboratorio Cavendish, en el departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia. Y sobre todo ya no tengo los ojos tan nuevos. Cuando leo esto los puedo recordar. Cada vez que regreso al pueblo, algo queda de ellos. Pero no, no se comparan con los de esa primera vez en que todo entró sin filtro, sin sabor a distancia, sin recuerdo del invierno y de la oscuridad. Nada como aquel primer domingo.
Wednesday, 14 January 2009
Reforma
Desde el autobús que me llevará de regreso a mi ático, miro por la ventana. Aún estamos en la estación central de autobuses de Heathrow. Las conversaciones de la gente alrededor son amortiguadas por los audífonos. Hay chipi chipi, pero no tanto frío. Qué pronto estoy aquí de vuelta. México fue y vino. Esta vez me tuvo reflexiva y nostálgica, presa de muchas horas de cama por un trío de resfriados y el regreso del asma. Fue un paréntesis hogareño y entrañable, pero no falto de descubrimientos. Descubrí a Pocoyó, con su voz de cuatro años que me sabe a café de la mañana y a primer hilo de sol. Los taquitos de pescado y la salsa de habanero y limón. Los tés endulzados con Broncolín etiqueta verde. "It's a wonderful life", "Meet John Doe" y "Citizen Kane". La risa nueva de Isabella y la renovada magia de Isabel. Un vuelo de pájaro por la vida de Bernardo Reyes en el Museo del Noreste. El pan de yema del mercado de Oaxaca. Que el mezcal de pechuga no existe. Córdoba y el patio donde Iturbide y O'Donojú firmaron el arranque de la entelequia que llamamos "México". La diversión de jugar al spa y de los nuevos cortes de pelo. Una Teapot One para Mich. Lo completa que es la tarde en el Azul y Oro. Lo emocionante que puede ser la tarde en CWE, el mundo de mis papás. Los abecedarios de Paola. La generosidad de Cynthia. La apertura de Daniela. El acertijo de Carmen. Que demasiada inteligencia no. Que color y material significan. La barba de B. ¿Qué me faltó? Abrazar a Mónica y Ariadna que parieron, cada una, a su poli. ¿Qué me traigo? A XSariñana, descubrimiento tardío, cuya "Reforma", en este instante, le pone tema al regreso.
Tuesday, 16 December 2008
Mimosa pudica
I. De niña me gustaba salir al jardín a curiosear. Aún sin miedo al inclemente sol regiomontano, ese sol con sueño que sigue a los niños, como lo describió Alfonso Reyes, me gustaba entretenerme descubriendo los tesoros de las jardineras de mi mamá. Pasaba largo rato haciendo enroscarse a las cochinillas, casi siempre con un palito, porque recuerdo bien que no me encantaba llenarme las manos de tierra. Pero lo que más me emocionaba era tocar las hojas de unas plantitas “mágicas”, que al contacto con mis dedos, ahí sí, se cerraban como por encanto, lentamente, hoja por hoja. Podía pasar horas buscando plantitas mágicas, escondidas entre matas más grandes –rosales, geranios, petunias, julietas– hasta tocarlas, y cerrarlas, todas. Impaciente, aguardaba el momento en que las primeras que había tocado se abrieran de nuevo, siempre sin éxito. Las plantitas de algún modo sabían que yo seguía por allí, y parecían intuir mis intenciones. Tenía que asumir la derrota, meterme a la casa y esperar largas horas, que usualmente conducían a que se me olvidara el motivo de la espera, antes de volver al jardín, y experimentar la magia de las tímidas plantas que, como las cochinillas, se cerraban al tacto, bajo el regio sol escudero.
II. Supe hace poco que de niño mi papá tenía una compañerita de juegos entrañable. Ella y su hermana eran hijas de unos vecinos de mis abuelos, el meteorólogo Miguel Ángel Vidal y su esposa Clarita, un mujerón güero de Salinas Victoria. Los Vidal se hicieron amigos de la familia y se visitaban con frecuencia. Cada vez que se organizaba alguna comida con ellos, mi papá y su amiguita pasaban el largo rato que duraban las conversaciones de los adultos jugando a la matatena, si escogía ella, o a la pelota, si escogía él. Esa niña se llamaba Claudia Mimosa.
III. Cuando nací mis papás me vieron cara de "Iris". El nombre se eligió rápidamente, inspirado por la admiración de mi mamá hacia Iris Guajardo, una profesora suya de la Facultad de Química de la UANL. Mi segundo nombre, sin embargo, no fue tan fácil de elegir. Mi mamá quería que fuera "María", que le parecía bellísimo, además de deseable por sus connotaciones religiosas y porque era una forma discreta de vincularnos nominalmente –ella es María de Lourdes–, sin ser tocayas. Mi papá, por su parte, quería que fuera... "Mimosa". Y entonces se armó un breve zafarrancho. A mí papá "Mimosa" le sonaba tiernísimo, el nombre de una flor, algo apropiado para una bebé tan cariñosa como yo le parecía de recién nacida. A mi mamá "Mimosa" le recordaba o al ratón de Burbujas, o la mezcla de champaña y jugo de naranja. Me es incierto cómo se impuso la visión materna.
IV. Cuando intenté recordar cómo se llamaban las plantas mágicas que me gustaba tocar de niña me fue imposible. Creo que nunca lo supe. Le pregunté a mi mamá, ferviente aficionada a la jardinería, y tampoco tuvo respuesta. Mis búsquedas en Internet comenzaron con "planta que se cierra al contacto", e inmediatamente empezó a fluir la información: planta sensitiva, vergonzosa o dormilona; nombre científico: mimosa pudica. No daba crédito. El nombre de mi planta favorita pudo ser... mío. Pero más allá de elucubrar sobre si mi atracción por la mimosa pudica respondía a alguna inconsciente identificación, he gozado la coincidencia. La celebro recreando la "magia" de este mecanismo de defensa que hace de la mimosa una belleza efímera, como otras muchas púdicas del mundo.
Friday, 12 December 2008
Gabinete paolino
Este es el pequeño gabinete de naturalia plástica de Paola, mi sobrina de cinco años. Sobre su cama con colcha de Ariel, la sirenita, Pao ordena, por colores, su colección de mariposas y culebras, regalos de los que nos hemos ido enterando de su afición por los insectos y otros animales. En su gabinete Pao recrea en interiores la curiosidad que le inspiran los insectos vivos. Todas las tardes, tan pronto llega de la escuela, sale al patio, persigue por un rato a sus diminutos perros chihuahueños, el ínfimo Bambiro y la hiperactiva Tracy –a quien todos llamamos "Crazy"–, y luego se entrega a su tarea favorita: buscar mariposas. De pronto se le aparece a Dani, mi cuñada, con una mariposa pescada de las alas, valioso tesoro súbitamente privado de movilidad por el placer de observarlo de cerca. Las mariposas temporalmente rehenes de la niña naturalista casi siempre logran volver a la placidez de su vuelo. Aunque hay que admitir que algunas han llegado a sufrir desalineaciones y asimetrías por el apachurramiento de una pata o el estiramiento excesivo del nacimiento de las alas. Incluso ha habido bajas permanentes. Pao asimila estas pérdidas con serena naturalidad, como asumiendo el sacrificio de los pequeños seres voladores en pro de su curiosidad y disfrute. ¿Cómo aprendió Pao a ejercer esta supremacía sobre lo más pequeño, lo mudo, lo bello? ¿De dónde sale este deseo de observar, manipular, orderar el mundo natural? ¿Nature or nurture, preguntaré finalmente, nacemos con este deseo o lo aprendemos de los ejemplos alrededor?
En mi investigación debo preguntarme constantemente cómo se manifestaba este deseo de observar, clasificar y poseer la naturaleza en el pasado, específicamente entre los siglos XVI al XVIII. Uno de los primeros casos con los que me topé al comenzar el doctorado hace un par de años fue el del apotecario holandés Albertus Seba (1665-1736). Además de ejercer como farmaceútico en Amstedam, Seba era un exitoso coleccionista de naturalia. En su gabinete se podían encontrar las más extrañas curiosidades: pájaros exóticos, conchas de lejanos orígenes, corales, moluscos, serpientes, insectos, fetos, nidos, engendros. Seba llegó a tener una de las colecciones más completas y famosas de Europa. Fue una colección utilizada incluso para nombrar algunas especies con la nomenclatura binomial lineana que aún utilizamos hoy. Consciente del valor de su gabinete, Seba decidió hacerlo dibujar, e imprimir los grabados en una obra monumental, la Locupletissimi rerum naturalium thesauri accurata descriptio, publicada en cuatro volúmenes entre 1734 y 1765. Hace poco B tuvo el espléndido gesto de regalarme la edición facsimilar que Taschen publicó en 2001 con el título de Cabinet of Natural Curiosities. De ella provienen estas láminas, algunas de las cuales, me parece, encuentran ecos en el improvisado gabinete paolino.
La próxima vez que Paola me visite en México le presentaré a Seba. Quizá entre coleccionistas y clasificadores se etiendan bien.
Thursday, 11 December 2008
Seminare
Hasta hace unas horas, mis amaneceres ocurrían en un ático en un pequeño pueblo inglés. Un ático convertido en una habitación de ángulos caprichosos en donde la cama queda justo debajo de un par de ventanas inclinadas. Durante buena parte del año, mi par de ventanas se ocupa de hacerme la vida un poco más retadora, porque ambas son una fuente inagotable de frío. Pero de pronto también tienen sus ventajas. Por la noche puedo ver a Orión desde la calidez de mis edredones, y por la mañana, tan pronto abro los ojos, tengo un anuncio del tono que tendrá el día: habrá lluvia (terca, mediocre, impetuosa, cocorera), brizna, granizo, niebla, viento, o –sólo ocasionalmente, cuando hay mucha suerte– un poco de sol. Qué alegría que hoy Charly se equivoque. Él está "en la calle de la sensación, muy lejos del sol", y a mí, esta mañana, me quema de nuevo.
Saturday, 6 December 2008
In medias res
Una tarde no hace mucho llegué tres minutos después de la hora a la oficina del profesor J. Había pasado dos semanas preparándome para esa reunión, la primera en la que intentaríamos hablar de la estructura de mi tesis. Después de varias noches de insomnio, un par de lecturas alumbradoras y una epifanía, venía decidida a defender una narrativa no convencional: un espiral, o más bien un nudo. Armada de notas que explicaban el tren de mi pensamiento desde nuestra última reunión, presenté con lujo de detalle las razones que sustentaban mi decisión. "La historia natural del XVIII es una entrada más suave al tema que la cosmogonía azteca"; "comenzar por el siglo XV le quedará demasiado lejos a los examinadores"; "esta historia ha sido un viaje y como tal hay que contarla". Pasados veinte minutos, paré. Entonces el profesor J se levantó en silencio, fue hacia la mesa que está junto a su impresora y me extendió un par de hojas: un artículo de Wikipedia sobre el socorrido recurso narrativo "In medias res", "en medio de las cosas". Así, en cuestión de minutos, aprendí que muchos, de Homero a Tarantino pasando por Tasso, Milton y Dante, han comenzado sus historias en medio de las cosas y no por el principio. Con económico pragmatismo, el profesor J me animaba a escribir mi nudo, sin importar por donde empezara. Arrancan también así estas notas.
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