Friday, 1 June 2012

Cambio de piel / A muda

'Al lado de tu pelo, capital de los vientos, 
la historia en dos, el ruido de las lágrimas, 
tienen que ser pasado necesario, alejada miseria, 
cosas para contar después de algunos años, 
si es que alguien pregunta por nosotros'
(Luis García Montero, 1988)

'Que o mundo compreendeu, 
e o dia amanheceu 
em paz'
(Chico Buarque, Vinicius de Moraes, 1971)


Es difícil pensar que hace sólo tres meses, una tarde como la de hoy, pero sin lluvia, pensé que iba a perder la razón. Ni en mis más perversos sueños hubiera imaginado el golpe que habría de recibir el primero de marzo, al ver tatuado en un cuerpo ajeno, a mi sino, a mi ave coloreada de arcoiris, para provocar a un amor estéril. Ese fue el fin. O el fin del fin, que llevaba ya fraguándose meses, años, quizá. 


Lo que siguió casi es indescriptible. Es vertiginoso, lleno de símbolos, de sueños que hablan, de recuerdos que reclaman ser reconocidos, de reencuentros. Todos estos posibles sólo cuando el ego moribundo no ve más remedio que recomenzar. Así empezó una auténtica vuelta al origen, a mi esencia. Mi viaje al regreso. Un regreso que va envuelto de perdón. Pues sin perdón, no habría despertar. No habría libertad. Ni paz.


Y tan pronto estuve dispuesta a reconocerme de nuevo, a aceptarme en mis vulnerabilidades y acogerme toda, el universo empezó a ser generoso. Tan pronto empecé a navegar no como un pájaro herido, sino como un sol que puede dar sin sufrir, el mundo se empezó a abrir. Y poco a poco me empezó a hablar con una claridad sospechada, pero aún no experimentada, guiándome a cada paso, desarrollando mi intuición. Sin juzgar, sólo siendo.


Hoy, a tres meses del arranque de este despertar, cayeron las primeras lluvias. Se anuncia otra etapa, la de la purificación del verano, que nutrirá el suelo para dar frutos. Y así, yo también, me reconecto con la tierra. Recupero la sensibilidad en la pierna izquierda, la femenina, que perdí justo hace ocho años, cuando Venus eclipsó al sol y expuso su lado oscuro y, con él, la sombra de las emociones. Ese camino punzante y sinuoso de lo que había que aprender, inevitablemente. Para una tarde como hoy poder cambiar de piel, mudar, imaginar nuevos rumbos y, finalmente, mañana, amanhecer em paz.






Friday, 11 November 2011

De corde totaliter et ex mente tota


Para B., barítono.

Acto primero. Tomemos esta minúscula caja de cuero rojo. Este exquisito objeto de 4.5 cms de diámetro es una réplica del estuche que un avezado encuadernador de libros produjo para guardar los lentes de ópera de la emperatriz Josefina, por ahí de 1804. En esta caja se conservaba el instrumento que permitía a esos afortunados asistentes al teatro adentrarse de lleno en el drama que se montaba en el escenario. Sin ellos, sólo habría sonido, disfrutable, sin duda, llenando el espacio musical, haciendo vibrar a los presentes, pero no habría percepción de las emociones, de lo que hacía realmente compleja a la ópera, diferente a los conciertos, un arte total. Los lentes eran la mínima e indispensable entrada al theatrum vitae.

Acto segundo. En 1803, al tiempo que el avezado encuadernador curtía el cuero para el estuche de lentes de Josefina, un códice medieval apareció en una abadía benedictina en Baviera. El manuscrito contenía 254 poemas escritos en latín, alemán y francés antiguos y macarrónico, la mezcla de latín con lenguas vernáculas. La combinación de idiomas denotaba que los poemas habían tenido orígenes muy distintos, algunos provenientes del centro de Europa, otros del sur, otros más de Inglaterra. La compilación era claramente el producto de poetas viajeros, los goliardos, esos clérigos rebeldes y estudiantes universitarios que usaban la rima musicalizada para protestar contra los abusos de la iglesia y se ganaban la vida cantando de pueblo en pueblo. Esta colección se dio en llamar Carmina Burana, o canciones de Beuern, nombre de la abadía que la alojaba. Junto con la Carmina Cantabrigiensia, o canciones de Cambridge, constituye la más notable compilación de canciones vagabundas e itinerantes.

Acto tercero. Que Josefina tuviera un instrumento capaz de acercar la imagen alrededor de cien metros y tan pequeño para caber en un estuche de 4.5 cms de diámetro era todo un logro tecnológico en 1804. Sólo un puñado de ópticos, entre ellos Jean-Noël Lerebours (1761-1840), era capaz de manufacturar tan preciso y minúsculo artefacto. Lerebours había salido de su pueblo en la Mancha siendo aún analfabeta y comenzó su aprendizaje en talleres de instrumentos matemáticos. Poco a poco se especializó en óptica, con tal oficio y consistencia que a su mano se deben los lentes más exactos del Observatorio de París. Sus logros fueron reconocidos con premios en varias exposiciones y con la notable membresía del Bureau des Longitudes, la academia encargada de mejorar la navegación, la geodesia y las observaciones astronómicas. En los años de Lerebours, el Bureau se dio a la tarea de sincronizar todos los relojes alrededor del mundo y estandarizar, así, la medición del tiempo.

Acto cuarto.  Hoy, que los calendarios se homogeneizaron en un solo dígito, amaneció muy temprano. B. se preparó para viajar a Durango, la ciudad 'más allá del agua' en euskera. Yo salí a hacer mi caminata matinal y tuve frío. En el desayuno leí sobre las guerras de la ciencia de los noventa, y pensé en las distintas preguntas que aún nos hacemos científicos e historiadores. Desde el aeropuerto hubo repetidas llamadas antes del despegue, unas en buen tono, otras con la manifiesta tensión de las despedidas. Con el día ya encarrilado, cerca de la sincronía perfecta, cayó un helicóptero. El país entero le dio vueltas una y otra vez a la improbabilidad de perder a dos secretarios de gobernación en accidentes aéreos en tres años. El día más armonioso del siglo se nubló. Todos aterrizamos.

Acto quinto. Ahora espero un aterrizaje más, desde el despoblado occidente. Mientras tanto observo el artefacto mismo de Josefina y constato el detalle de la perfecta manufactura de Lerebours. Me imagino tomando el lente, ese portal al teatro de la vida, suavemente entre mis manos, cerrándolo poco a poco, sintiendo como cada anillo retráctil se va guardando dentro del que le sigue en tamaño hasta formar uno solo. Un perfecto aro metálico. Admiro también el trabajo del encuadernador, que después de forrar el diminuto estuche en cuero rojo, lo grabó con la inicial de la emperatriz y lo detalló con vistas de oro. Veo que el estuche tiene un broche de fierro diminuto, que lo hace ligeramente asimétrico. Me imagino abriendo el estuche y veo su fondo de terciopelo negro. En ese vacío pongo un verso vagabundo que cruzó media Europa, quizá desde Albión, en un lenguaje claro y transparente: 'de todo corazón y con toda el alma, estoy junto a tí por lejos que vaya'. 

Et encore. Los poetas viajeros estuvieron en silencio por ocho siglos en la abadía de Beuern, hasta que un músico y pedagogo de la región seleccionó algunos de sus versos y los musicalizó. Hoy son de las notas más reconocibles del mundo. Mi verso favorito está en una sola voz barítona y comienza con una simple y gran verdad, que yo adoro experimentar: 'Omnia Sol temperat', el sol todo lo templa. Aquí, las palabras de esos viejos e itinerantes rebeldes.










Wednesday, 2 November 2011

Mis muertos

Bisabuelo y abuelo maternos (izq), abuelos paternos (der) y dos colibríes (centro).
Para los que no conocí,
y para quienes me dejaron
con ganas de más vida compartida

Es la primera vez que pongo un altar de muertos. Supongo que entre volver a México, evidenciar la proximidad de la muerte a diario y cumplir 35, este año el impulso de rememorar a los que ya no están fue espontáneo. En primer lugar pensé en los dos diminutos cadáveres que viven nconmigo en comodato desde el 6 de agosto. Se trata de un par de colibríes. Uno, el más pequeño, es una ínfima belleza costarricense de pecho de fuego que dejó este mundo alrededor de 1991; el segundo, un bellísimo ejemplar colombiano de verdor iridiscente que murió por ahí de 1995. Tengo la dicha de convivir con ellos gracias al gesto de mi amiga y cómplice ornitófila María Constanza. Un día vino a una comida con los colibríes guardados en una cajita para enseñármelos y, cuando los sacó, le gustó mi casa para ellos. Desde entonces se alojan aquí y  me hacen compañía, mucho más que las plantas que de plano no me sobreviven ni un mes. En fin.

Una vez que contemplé la idea de hacer un altar, se manifestaron mis muertos de a de veras, esos a quienes me hubiera gustado conocer - o conocer más. La que vino con más fuerza a mi mente fue mi abuela paterna María de la Luz, o Mariquita, como le decían de cariño. Ella murió en un accidente de coche cuando mi papá tenía 18 años. Su ausencia lo marcó a él, determinó sus ideas sobre el amor y la familia y, por consiguiente, impactó mi vida y la de mis hermanos. Aunque ninguno la conocimos.

Mi mamá la vio una sola vez, cuando comenzaba a ser novia de mi papá en la universidad. Fue en una impredecible mañana de invierno regiomontano. Mi papá se había ido algo desabrigado a la facultad y, cuando a media mañana no pudo más, le pidió a mi mamá que lo acompañara a su casa en un cambio de clases a recoger una chaqueta. Al llegar, mi mamá lo esperó en el carro y mi abuelita, tan pronto escuchó la puerta y supo que su benjamín venía acompañado de su enamorada, salió hasta la calle para conocerla. El encuentro fue muy breve, pero simpático. Mi mamá recuerda que intercambiaron puntos de vista sobre lo gastada que estaba la chaqueta de mi papá -al parecer, mi abuela quería apoyo en su campaña para que mi papá se comprara un abrigo nuevo y dejara de parecer 'niño dado'.

A los pocos días, regresando de una boda en Nuevo Laredo, el auto de mis abuelos se desbarrancó y ella salió disparada por el parabrisas. Mi abuelo, con varias costillas rotas, se arrastró varios kilómetros para pedir ayuda, pero ésta llegó tarde. El domingo por la noche, mi papá, que había visto a sus padres salir arreglados y contentos el día anterior, recibió la llamada que le cambió el escenario. Como el único hijo de cinco que parmanecía en la casa familiar, se apresuró a hacer su vida y dejar de ser huérfano para convertirse en padre.

Wednesday, 5 October 2011

35... o en busca de Browne


"Apenas recordamos nuestras dichas, y los golpes más agudos de la pena nos dejan tan sólo punzadas efímeras. El sentido no tolera las extremidades, y los pesares nos destruyen o se destruyen. Llorar hasta volverse piedra es fábula: las aflicciones producen callosidades, las desgracias son resbaladizas, o caen como la nieve sobre nosotros; lo cual, sin embargo, no es un infeliz entumecimieto. Ignorar los males venideros, y olvidar los males pasados, es una misericordiosa disposición de la naturaleza, por la cual digerimos la mixtura de nuestros escasos y malvados días; y, al no recaer nuestros liberados sentidos en hirientes remembranzas, nuestras penas no se mantienen en carne viva por el filo de las repeticiones".

Sir Thomas Browne, médico inglés, 1658.
Traducción de Javier Marías.
Grabado 'Sir Thomas Browne: Death and the Philosopher'
Gwen Raverat, 1910.

Wednesday, 28 July 2010

Darwiniana III (o el regreso del morral coyoacanense)

Pues sí, después de una célebre pero corta vida como pieza de museo, mi querido morral coyoacanense ilustrado con Darwin y su 'monkey, monkey, monkey... you!' vuelve a mis manos.

Lo he sacado a pasear en diversas ocasiones y he confirmado inequívocamente su capacidad para hacer amigos. Cuando anda por allí, colgado de mi hombro, siempre hay alguien que se acerca - incluso en este pueblo donde a la gente no le gusta saludarse por las calles - y me dice 'Oh, I love your bag!'

Y sí, yo también lo adoro porque me recuerda a casa, la mexicana y la inglesa, y la maravilla de sentir que esos dos mundos no están tan separados como a veces parecería.

Esta foto, por ejemplo, prefigura el encuentro con mi amiga F. (la del morral blanco a mi izquierda), que justo empezó también con un 'Oh, I love your bag!', y ahora me alegra las noches de ardua escritura al gusto de una Chimay blue en el pub.

Monday, 5 October 2009

33

Es curioso. Pareciera que entre más tiempo pasa menos mi amiga es la certeza.

Cuando tenía diez años y me inscribieron en un colegio de monjas no me asustaba el discurso apocalíptico que me rodeaba. La perspectiva milenarista sobre la llegada del año 2000, por ejemplo, me parecía inofensiva. Incluso si se acababa el mundo para entonces yo ya habría vivido mucho. Tendría 23.

A los 23 creía que sabía a dónde iba. Estaba seriamente emparejada, había trabajado ya durante varios años, había dado clases, vivía en Inglaterra por primera vez, me sentía adulta. Si había temas por abordar, como quizá tener hijos, estaba segura de que se 'resolverían' para cuando llegara a los 30.

Para cuando soplé 30 velas la vida había dado varias vueltas. Mis planes de la década anterior se habían reinventado totalmente y mis compañías también. Estaba de nuevo en la isla comenzando el doctorado, una aventura solitaria y autoexploratoria que, sin embargo, en ese entonces parecía sólo un paréntesis de tres años.

Hoy, aterrizando en los 33, estoy aún en medio del viaje doctoral, aún buscando, aún curioseando. Las fronteras entre dentro y fuera, ayer y mañana son cada vez más difusas. Mi inercial impulso de reconciliarme con la certeza no arroja, por lo pronto, resultados favorables. Nuestras diferencias, tal pareciera, comienzan a antojarse irreconciliables.

Aunque si hago memoria descubro que, en algún lugar, la certeza y yo nunca hemos sido realmente buenas amigas. De pronto evoco uno de los sueños recurrentes que tenía a los diez años: me soñaba frente a una gran hoja de dibujo en blanco, con una inmensa paleta de lápices de colores al lado, ordenados por tonos y con puntas perfectamente afiladas. La sensación dominante del sueño era una profunda emoción ante las infinitas posibilidades. Podía escoger hacer lo que fuera. Desbordar el papel de rojo o delinear formas de turquesa. Dibujar una casa, un paisaje, un cielo o garabatear líneas abstractas.

Irónicamente, pareciera que al principio de la madurez las preguntas no son demasiado distintas de las de mi dimensión onírica infantil: ¿dibujar una casa o garabatear líneas abstractas? Anyone?

Sunday, 20 September 2009

Gwen revisited (20.09.2009)

Así que nos volvimos a ver. Vânia llegó la noche del viernes y nos quedamos hablando en la mesa de la cocina hasta bien entrado el sábado. Toneladas de novedades y recuerdos. La preciosa mezcla de familiaridad y sorpresa entre personas que han vivido juntas y han hecho mucho desde entonces. Bodas, mudanzas, exilios, cambios de profesión, de idioma. Coronando el fin de semana, una noche brasileira cortesía de Agus, quien, además, recreó las veladas de crepas y dulce de leche en Gwen. A tres años de haber llegado a la isla, cayó bien revisitar aquel primer, excelente, hogar.

Sunday, 2 August 2009

Kingdom of the bird-gods

Mi queridísima amiga Bonnie, quien está a punto de acabar su tesis y dejar la oficina que compartimos en el edificio Mond, me hizo un regalo de despedida espectacular: una libreta impresa con un poster alusivo a la hipotética cinta 'Kingdom of the Bird-Gods', escrita y estelarizada por, ejem, moi. El poster fue diseñado por Dan, el talentoso hermano de Bonnie, lo que lo hace aún más especial. Y, por supuesto, todo el kit es una suerte de metáfora de mi aún incipiente, pero cada vez más posible, tesis. Heme encantada.

Thursday, 9 July 2009

Darwiniana II (o de Miguel Ángel a Free School Lane)

Al arrancar el año, este 2009 enmarcado por los aniversarios de nacimiento y publicación de Charles Darwin, escribí una pequeña nota sobre la experiencia de vivir las festividades justo en el pueblo donde el naturalista inició su formación. La nota terminaba con un guiño hacia casa: mi forma privada de celebrar la obra del buen Charles sería cargando mis papeles en un morral coyoacanense con una caricatura impresa del prócer en una de sus representaciones más habituales desde el siglo XIX, rodeado de monos.

Hoy, medio año darwiniano atrás, esta por demás irrelevante historia encuentra un divertido epílogo: mi morral coyoacanense se ha convertido en pieza de museo.


En efecto, como parte del Darwin Festival que celebramos esta semana, el Museo Whipple de Historia de la Ciencia inauguró la exposición "El microscopio de Darwin". La pieza central de la exposición es, obviamente, el microscopio con el que Darwin famosamente estudió a los percebes y obtuvo sólida evidencia para su teoría sobre la transmutación de las especies. Acompañando el célebre instrumento hay una pequeña pero florida colección de memorabilia darwiniana, morral coyoacanense incluido.

La curadora de la exhibición, mi colega MK, ofreció exponer la improbable pieza al verme con ella en una recepción. Yo, fascinada por el cambiante valor de los objetos al viajar, doné feliz mi morral al honorable Museo Whipple.


Esta creación de algún caricaturista mexicano, cuyo nombre me encantaría saber, vive ya en una vitrina en Free School Lane, Cambridge. Sus vecinos son una moneda conmemorativa de Darwin acuñada por la Real Casa de Moneda; una réplica de la estatua "Mono contemplando un cráneo" de Hugo Rheinhold; una caricatura del XIX titulada "Una mirada polifacética por vivisección a la jaula de los monos (del jardín zoológico)", que muestra a miembros de la Royal Society, la Royal Academy, el Royal College of Surgeons, y a los directores de distintos diarios londinenses, entre otras personalidades, como ilustrados monos enjaulados; y un par de estatuillas miniatura de Darwin que, cuan matrushka, tienen dentro (¿qué más?) un mono. En la vitrina de al lado viven calcomanías para autos, toallas de cocina, juegos de té y una tentadora colección de cervezas marca "Darwin".

Wednesday, 8 July 2009

Déjà vu

Va una nota desde Conocimiento útil, el blog de la Fundación Este País:

"Hace cincuenta años Augusto Monterroso publicó un cuento en una línea que cobró crudo y renovado significado este domingo:

'Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.'



Iris M."

Tuesday, 7 July 2009

Amphisbaena

Hace cincuenta horas, en uno de los muchos eventos del Darwin Festival de la universidad, leí el siguiente fragmento ante un variopinto público de creadores literarios:

"Entre las más curiosas serpientes están las Amphisbaenae [...] Son de forma cilíndrica, prácticamente no tienen cuello, y su cola mocha, que no mide más de una pulgada, tiene la misma forma que la cabeza. [El ojo es tan pequeño que es casi imperceptible.] Esta peculiar morfología, aunada al hábito de avanzar retorciéndose hacia atrás y hacia adelante, ha inspirado la fábula de que tienen dos cabezas, una en cada extremo de su cuerpo."

Hace ciento cincuenta años, esta fascinante descripción salía de la pluma del naturalista británico Henry Walter Bates (1825-1892), quien en 1859 regresaba a Londres después de una estancia de once años en la Amazonia.

Hace poco más de trescientos cincuenta años, la descripción de Bates hubiera encontrado interesante ilustración en la siguiente imagen, publicada en Roma en un compendio de historia natural mexicana.


En cinco horas me gustaría despertar sin sentir que la Amphisbaena sigue sirviendo para describir algunos matices de nuestra realidad política.

Monday, 8 June 2009

Conocimiento útil


Día feliz hoy que surge Conocimiento útil, la bitácora de la Fundación Este País. A un lustro de mis últimas sesiones in situ en la FEP, celebro con ellos el arranque de esta etapa de renovado entusiasmo y creatividad. Enhorabuena Fundación.

Saturday, 16 May 2009

Epílogo: Mimosa del XVII

La semana pasada estuve un par de días en la sala de libros raros de la biblioteca estudiando la Historia Naturae, Maxime Peregrinae del Jesuita Juan Eusebio Nieremberg (Amberes, 1635). Mi objetivo principal era, como siembre, buscar al colibrí. Lo encontré con su nombre genérico en náhuatl "hoitzitziltótotl", siguiendo a Hernández, y luego, siguiendo a Clusius, como "ourissia" o "rayo de sol" en el Brasil precolombino y como "tominejo", el nombre castellano derivado del "tomino" una medida de peso. Pero luego encontré algo emocionante y, para mí, entrañable: la imagen y la descripción de la Herba Mimosa de Nieremberg, también con base en Hernández. Esta imagen es un espontáneo epílogo para la entrada Mimosa Pudica de hace unos meses.

Saturday, 28 March 2009

Narcissi

No cabe duda: uno ve con el cerebro, no con los ojos. Esta mañana, al bajar a desayunar, recordé uno de los ejemplos que más me han aclarado este fenómeno: encontré sobre la mesa de la cocina un vaso con narcisos. Estos narcisos en particular son el regalo que la querida Mónica, nuestra housemate por unos meses, trajo a la casa después de mudarse. Los vi desde lejos y me alegraron de inmediato. Ya de cerca me parecieron sublimes, llenos de promesas de sol y cielo libre de nubes, cargados de olor a primavera. Vamos, me gustaron tanto que los fotografié. Pero sobretodo, me dejaron pensando. Y es que todos estos significados que hoy puedo atribuir de manera casi automática a los narcisos, the daffodils, me eran prácticamente desconocidos hace unos años.

Hace unos años, bastantes, cuando apenas empezaba a conocer a B, me encontré un narciso de tela en su baño, cerca de los cepillos de dientes. La presencia de este objeto me pareció de lo más extraña. B, con su gusto impecable, discreto y lineal, tenía una flor amarilla artificial en el baño. Lo primero que pensé al verla era que se trataba de algo tan prosáico como un desodorante de ambiente, de esos que de pronto se ponen en los coches. Pero no, imposible, ¿el sofisticado B con un desodorante que claramente rayaba en lo kitsch? Tenía que haber otra explicación. Tomé la flor, la inspeccioné a detalle y encontré en su base un letrerito azul en el que sólo pude identificar algo como una "M" y una "C" entre otras letras bastante borradas por la humedad. Algún mensaje había allí que yo me estaba perdiendo y que encerraba la respuesta al enigma de la flor de tela.

En el tono aparentemente inocente pero claramente inquisitivo que me cargo con frecuencia solté un: "¿y...la flor del baño, qué onda?, ¿hay alguna historia detrás?" A lo que B, con su serena claridad respondió: "sí, tiene mucho tiempo, la tengo desde Inglaterra". Ajá. Información más allá de lo evidente. Fiu. Pero hasta allí llegó su respuesta. Y aunque yo también había pasado largas temporadas en la isla para mi maestría, en ese tiempo no me topé con las flores de tela amarillas y, si lo hice, nunca supe su significado. Así que, con algo de pena por admitir que para mí la clave "Albión" no era suficiente, pregunté: "¿y qué significa?". B, sonriente y sorprendido, como siempre que podía enseñarme algo, dijo: "ah, pues, la lucha contra el cáncer". Mmmm, ok, jamás lo hubiera imaginado. El presunto desodorante de ambiente era todo un statement por una causa. Ya con esta pieza de información, pude discernir lo que decían el resto de las borrosas letras del letrerito azul: "Marie Curie Cancer Care", el nombre de una de las más grandes ONGs del Reino Unido, dedicada a la investigación y el cuidado de los enfermos de cáncer.

En esta segunda ronda de mi vida en Albión, he empezado a comprender porqué la Fundación Marie Curie eligió en 1948 al narciso como símbolo de su lucha. Después de meses de árboles desnudos y cielos sin principio ni fin, de semanas y semanas de gris, de pronto, a mediados de febrero, principios de marzo, se asoman las primeras promesas de sol: las pequeñas flores amarillas que anuncian la primavera. Asumiendo la cursilería implícita en este caso, admito que para mí llegar al parque esta semana y ver, finalmente, a los narcisos en flor, me llenó de alegría, me hizo incluso pensar que el interminable invierno vale la pena sólo para sentir el gozo de la llegada de los narcisos y las promesas que traen consigo. Esta, sin duda, es una reacción aprendida después de varios años, de varios inviernos, y que es imposible aprender a la distancia, en el soleado México que casi no conoce estaciones. Toda la carga conferida a las flores amarillas vive en la cabeza y rebasa, con creces, lo que el ojo, mero lente, puede percibir .

Friday, 27 March 2009

Días de biblioteca


Amo los días de biblioteca. Esos días en los que en vez de dirigirme inercialmente a la oficina o escribir desde casa me invade el deseo, o la necesidad, de convivir con los muertos, y los voy a visitar. Hoy estuve con Hernández en el siglo XVI y con Faber, su comentarista, en el XVII. Fui a consultar de nuevo qué pensaban sobre los colibríes. Lo he hecho ya muchas veces. Y siempre encuentro novedades: algún comentario en el que no había reparado, la esquina de algún grabado que me indica alguna pista sobre las ilustraciones, alguna referencia a otra fuente que había pasado por alto y que de pronto, después de más lecuras, tiene sentido. Así son los días de biblioteca, nunca son iguales aunque uno vaya a visitar a los mismos muertos.

La emoción, sin embargo, empieza mucho antes de llegar, y es de este preámbulo del que quiero tratar. Para mí, el aire de aventura se comienza a respirar al montarme a la bicicleta. Desde que tomo camino en el centro del pueblo y me meto a Senate House Passage, el sinuoso callejoncito empedrado que lleva a Trinity Lane, comienza a fluir la adrenalina. Y es que si algo hay que hacer camino a la biblioteca es sortear transeúntes con la bici, todo un arte que conlleva sus riesgos. Entre estos está, por ejemplo, que uno nunca sabe si, al usar la campana de la bicicleta para pedir el paso, los caminantes se asustarán y cambiarán de posición o se quedarán estáticos para dejar pasar. A falta del don de la adivinación, es imprescindible estar muy alerta para anticipar los posibles erráticos movimientos peatonales, a fin de no atropellarlos al intentar rebasarlos. Cuando el camino es tan angosto como en Senate House Passage, estas aparentemente insulsas disyuntivas se vuelven harto relevantes.

Supongamos que ya se libró lo más angosto del camino, y llegamos a Trinity Lane. Allí literalmente habrá que avanzar diez metros y dar vuelta a la izquierda en Garrett Hostel Lane, siguiendo el letrero escrito con gis en la pared de la esquina -sí, creánlo- que dice "to the river". Pronto después de dar vuelta, veremos el puente, el hermoso y retador Garrett Hostel Bridge, casi oficalmente la pendiente más pronunciada de Cambridge. Aquí viene otro reto interesante para la bici. Cruzar este puente sin desmontar básicamente separa a los novatos de los veteranos en el ciclismo cantabrigense. En muy poco espacio hay que agarrar vuelo, sortear a los caminantes y hacer cambio de velocidad para lograr llegar a la cresta del puente. Si alguna de las tres cosas sale mal es casi seguro que habrá que desmontar. Digamos que se agarró vuelo, pero a la mera hora, a algún transeúnte de adelante se le cayó el celular y se detuvo a recogerlo o tuvo el espontáneo impulso de pararse a tomar una foto, obligándolo a uno a frenar. Mala cosa, ya no habrá forma de mantener el control de la bici en velocidad baja y, casi con seguridad, para abajo. O digamos que no se atraviesa ningún transeúnte, pero no se agarró suficiente vuelo. Es probable entonces que el impulso que logre la bici en velocidad baja no será suficiente para subir la cresta y, casi con seguridad, para abajo. O digamos que se agarró vuelo y no hay transeúntes, pero no se metió el cambio de velocidad baja a tiempo. En ese caso la pendiente se hará tan pronunciada que ni pedaleando de pie se logrará salvarla y, casi con seguridad, para abajo. El punto, me parece, ha quedado claro.

Pero así como Garret Hostel Bridge es retador, es noble y compensador. Si se logra llegar a la cresta del puente, la vista es alucinante, una de las más hermosas del pueblo: el río Cam en todo su esplendor, adornado por Clare Bridge a la izquierta y Trinity Bridge a la derecha. Unos segundos en la cresta son de rigor. Ahí, casi irremediablemente, uno siente que se detiene el tiempo. Entre el verde de los campos en las laderas del río, la ligerísima niebla cuando hace frío o la brillantez del agua cuando hay sol, la cresta de Garret Hostel Bridge es mágica. Y luego viene otro premio, la bajada. ¡Guooojuuú! ¡Qué maravilla! Incomparable bajar el puente a toda velocidad sintiendo el viento en la cara y las piernas duras, bien ancladas a la bici. Un pedazo de niñez devuelta de pronto, sin esperarlo, y así, aún con la alegría a flor de piel y aún asimilando la emoción que sólo los puentes pueden regalar, llegamos a la esquina de Queen's Road y esperamos, pacientemente, el semáforo.

Este es uno de los más respetables y civilizados semáforos que conozco. Tiene carriles de ida y vuelta para bicicletas, propiamente señalizados en el piso, y uno especial para peatones. Me encanta el orden de ese cruce. Su existencia me ayudó a tener confianza al cruzar las calles en dos ruedas cuando recién llegué, así que le sigo agradecida. Al ponerse en amarillo -recordemos que en este país se avisa cuando viene el rojo y también cuando viene el verde- el grupo de ciclistas preparamos el pedal, nos montamos al asiento, y tan pronto prende el vierde, nos lanzamos, casi todos pedaleando de pie, porque lo que sigue, el último pedazo, también tiene su pendiente y, viniendo de cero, vaya que se hace sentir.

Nos recibe pues Burrell's Walk, anunciando, en toda su belleza, que ya estamos cerca. Burrell's Walk es una vereda encantadora, cercada por un par de bardas completamente cubiertas de enredaderas. Es la vereda verde. Burrell's tiene un poder indescriptible. No recuerdo una sola vez en que haya pasado por aquí sin pensar cómo la voy a extrañar cuando ya no la pueda caminar -o bicicletear- tan seguido. Quizá parte del poder de Burrell's es que permite empezar a asimilar la emoción de todo el recorrido hasta ese momento, pero a la vez siembra la expectación de lo que viene. Y es que después de unos instantes, la vereda descubre la hermosa reja de hierro forjado negro que da entrada a la UL, la University Library, el templo a los muertos a quienes vengo a visitar.

La UL es una mole de ladrillo oscuro diseñada en los años treintas por Giles Gilbert Scott, creador también de la estación de electricidad Bankside en Londres -hoy la Tate Modern- y de la clásica cabina roja de teléfonos. Algunos críticos opinan que si algo tenía Scott en sus diseños era consistencia. Sí, señor. Pero eso es irrelevante. El punto es que ya estamos aquí. Encadenamos la bici en el magnífico estacionamiento de grava adjunto a la UL. Nos acercamos a la bellísima puerta principal giratoria que parece anunciar que el tiempo no corre igual adentro que afuera. Y nos perdemos. Hora de saludar a los muertos.

Thursday, 26 March 2009

Nueve

Es raro todo a lo que nos podemos acostumbrar. A levantarnos todos los días a la misma hora. A no poder darnos un regaderazo enteramente de pie porque el techo del baño es demasiado bajo. A desayunar avena. A vivir con lo que cabe en una maleta. A las canas. Y también a dormir en el centro de la cama. A comprar boletos para uno en el cine. Al teléfono, previamente aborrecido. A grandes cantidades de silencio. A pasar semanas, meses, acumulando historias que contar para cuando haya tiempo. En resumen, a estar, de lejos. Todo empieza a parecer normal después de un rato. Y ya casi no se sufre. Hasta que de pronto, algo nos recuerda que hay más. Que se puede más. Que hay toda otra dimensión de vida que adoramos y que hace falta. Hoy La maison en petits cubes hizo esto para mí. Me recordó. Ya quiero que llegue el 9.


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Wednesday, 18 February 2009

Gabinete/Cabinet

Creo que lo debo aceptar. Pensar en español mientras vivo en un entorno angloparlante es un buen ejercicio, sin duda, pero también un acto que genera confusión. Sobre todo cuando debo agarrar vuelo al escribir una tesis en idioma ajeno. Hasta ahora me ha encantado la espontánea separación entre mi idioma de trabajo, el inglés, y mi idioma de confianza, el español: el de los placeres, los mensajes a los amigos, el del Gabinete. Pero me empieza a parecer que algo de flexibilidad entre los dos, quizá sólo por un tiempo, me vendría bien. Doy la bienvenida, pues, a la pochez, y ya veremos a dónde va el Cabinet.

Tuesday, 17 February 2009

We ♥ NY

Dos vuelos de más de cinco horas, un traje y un vestido de noche sobre el Atlántico, amigos generosos y muchas ganas de coincidir pusieron el marco para un fin de semana extraordinario, uno de sincronía en NYC. ¿El motivo? La boda de un viejo amigo de B. Entrelíneas, la excusa ideal para un encuentro en un punto casi equidistante entre el DF y Londres. Hubo entrañables conversaciones con nuestros anfitriones A y D, al calor de comida marroquí y coreana. Deliciosas caminatas al lado del parque central, con sus irrenunciables hot dogs para aplacar el frío. Inspecciones en el Museo de Historia Natural. Potenciales visitas al aviario de Audubon. Un comedero para colibríes (el mejor regalo). Indecibles horas de metro, algunas de ellas con soundtrack de tamborileros. La búsqueda de la camisa perfecta. La búsqueda del vestido negro perfecto. Cena en el Belidia, té en el Carlyle. Mucho aprendizaje sobre discursos en las bodas anglosajonas. Varias comprobaciones de la idea de seis grados de separación. Recuerdos de Cambridge. Noticias de Abu Dhabi. Rosas rosas en Manhattan. Tulipanes rojos y orquídeas azules en Brooklin. All in all, We NY.

Monday, 9 February 2009

Linnaeana

Hoy tengo lirios en la oficina, una docena de lirios rosados. Son los vestigios de la clase del profesor J sobre clasificación de la naturaleza. Como cada año, las flores sirven para que el académico demuestre en vivo el método linneano de clasificación de plantas. En su Genera Plantarum (1737), Linneo, el nuevo Adán, estableció el siguiente principio clasificador: el número de caracteres masculinos de las flores determina la clase a la que pertenecen, y el número de caracteres femeninos, el orden. Los lirios de hoy, por ejemplo, tienen seis estambres, así que pertenecen a la clase Hexandria, literalmente "seis hombres", y tienen además sólo un pistilo, lo que las coloca en el orden Monogynia, literalmente "una mujer".


Hasta este punto todo va muy bien en la clase. Los alumnos observan las flores, cuentan estambres y pistilos y luego buscan en un diagrama como éste, originalmente pintado por Ehret para Linneo, a qué clase y orden pertenece su objeto de estudio.

Pero, al comenzar la fase descriptiva de la clasificación, empiezan los pequeños desfiguros entre los jóvenes aprendices. Éstos van desde risitas amortiguadas por las bufandas y las mangas de las sudaderas, hasta fuertes resoplidos o aspiraciones de incredulidad. Y es que la clase Hexandria de los lirios, para seguir con nuestro caso, pertenecería al siguiente árbol, según la clave del sistema sexual linneano de Genera Plantarum:

"Matrimonios de las plantas
/ Matrimonios públicos: es decir las flores son visibles a simple vista
/ En una cama, marido y mujer comparten la cama: estambres y pistilos en la misma flor
/ Maridos sin afinidad, maridos sin relación entre sí: estambres no vinculados en ningún extremo
/ Con igualdad, todos los varones de igual rango: estambres sin largo y proporción determinados
/ Seis varones"

Así, la clase y el orden de nuestros lirios rosados pueden resumirse como "el matrimonio público de seis maridos de igual rango y una esposa en una sola cama". Para este momento, los estudiantes, en su mayoría médicos o biólogos, ya están en el suelo de la risa o de la pena. La mayoría no da crédito ante el extremo antropomorfismo del sistema sexual linneano. Ese antropomorfismo que, aunado a su simplicidad y a la obsesiva tenacidad de su creador, abonó para hacer de la clasificación de plantas por caracteres sexuales el sistema estándar hacia el último cuarto del siglo XVIII.

Muchos siguieron a Linneo en sus antropomórficas descripciones de las plantas, incluso en el terreno de la poesía. Uno de los más célebres fue Erasmus Darwin, pionero de la evolución y abuelo del últimamente multicelebrado Charles. En su poema The Loves of Plants (1791), Erasmus escribió: "The freckled Iris owns a fiercer flame, / And Three unjealous husbands wed the dame." Estos versos, que fuera de contexto podrían haber sonado a escándalo mayúsculo en el XVIII, nos llevan a una deducción. Según la demostración de hoy, esa "fleckled Iris", mi tocaya por partida doble, con sus tres esposos no celosos, no es otra cosa que una Triandria Monogynia, la flor japonesa Iris ensata, conocida como la geisha pecosa.

Friday, 6 February 2009

Cantablanca

Hoy abrí los ojos y las ventanas de mi ático no me permitieron ver qué había afuera.


Me asomé por la ventana que da al patio y vi todo blanco.


Bajé a la cocina y mientras tomaba mi café noté que nuestro jardín se había convertido en un pastel embetunado.

Mi bicicleta, recién recuperada, descansaba somnolienta. La cubría una colcha de escarchas.


A la vuelta de la casa, el camino al cementerio invitaba a caminar entre los árboles.


En el parque los niños corrían. Sus ropas oscuras los hacían parecer hormigas en harina.


Los osos polares del cartel se sentían en casa.


Y yo recordaba a Tippet - y la última nevada.